Cuando la rutina se convierte en pesadilla

DESPIERTASuena el despertador, tienes que levantarte. Sabes que vas a llegar tarde como no te pongas en marcha ahora mismo. Remoloneas un poco, pero la responsabilidad pesa demasiado sobre ti. Aun así, tienes un arma escondida y tu cuerpo tendrá que responder. La alarma resuena de nuevo por toda la habitación, chillando como si se tratara del fin del mundo. En cierto modo lo es.

Te levantas, buscas las zapatillas, andas hacia el baño arrastrando los pies y te miras en el espejo. La cara hinchada, las ojeras marcadas, rastros de maquillaje sin limpiar. Sabes perfectamente que algo no va bien. Tu cuerpo también reacciona ante el estrés, la falta de contacto con la humanidad fuera del trabajo, la necesidad de más horas de sueño, de tiempo libre para simplemente vaguear, el abandono de la gente a la que quieres y necesitas. Te resignas. Es lo que hay. Por mucho que duela.

Te metes en la ducha y buscas un poco de agua caliente. Te reconforta, te relaja. Pero sabes que no puedes estar mucho tiempo, tienes muchas cosas que hacer antes de irte. Te enjabonas, aclaras, te lavas el pelo, aclaras, acondicionador, aclaras. Un cuarto de hora exacto después, sales de la ducha, te secas el pelo a toda prisa con la toalla, buscas el albornoz y te diriges a la cocina.

El desayuno es una parte muy importante del día. Tal vez sea el único momento de toda esa rutina que puedes disfrutar. Buscas la taza de café, necesaria para empezar el día, y las rebanadas de pan que se convertirán en crujientes tostadas que te darán energía. Untas la mantequilla un día más y remueves el café trazando exactamente los mismos círculos imperfectos del día anterior. Miras al infinito hasta que reaccionas, echas una ojeada al reloj de cocina, y te levantas sin pensarlo.Infancia

Un día más se te ha hecho tarde. Recoges la habitación como puedes, haces la cama, buscas el bolso, te aseguras de que lo tienes todos. Llaves, gafas de sol, monedero, móvil, mp3. Vuelves al aseo. Te cepillas los dientes a toda prisa, intentas hacer desaparecer esas malditas ojeras que tanto te torturan y maquillas tu rostro en un vago intento de parecer más animada, guapa y feliz. Aunque sabes perfectamente que, por mucho que maquilles tus ojos, ellos dicen perfectamente: “ESTOY HARTA DE TODO ESTO”.

Sales a toda prisa de la casa y te diriges a trabajar. Pones la radio para distraerte mientras cruzas las calles en busca de tu puesto de trabajo. No te gusta nada de lo que oyes, es pura basura. Pero lo dejas, porque más basura que tu rutina no hay nada. Y sigues con esa música chirriante y repetitiva. Apenas te fijas en la gente, solo miras los semáforos. Verde, rojo. Verde, rojo. Maldices a los coches por ir tarde, te maldices a ti por llegar tarde. Maldices y maldices sin encontrar un maldito.

Llegas al trabajo. En pocas palabras: corre, escribe, tienes que ir a por esto, discutes, corre, necesitas llamar a aquella persona, buscas entre los archivos, gritas a tus compañeros, no sueltas el bolígrafo, por la ventana entra luz, no hay un minuto de descanso, tan solo han pasado dos horas, seguimos en el trabajo, escribes, escribes, un ruido, algún problema, la impresora está rota, problemas, el ordenador calcula datos, apuntas resultados, compruebas, comparas, todo está mal, la crisis afecta al sector, encima de todos los problemas está la crisis, sigues tecleando, buscas resultados, buscas algo, problemas, problemas, rapidez, no estás concentrada, para nada, no estás concentrada, escribes, escribes, presión, gritos, llamadas, más llamadas, búsquedas, apuntas. Fin.

estresSales de tu puesto de trabajo con la sombra de la amargura. Pero tu día no ha terminado. No dispones de una tarde que aprovechar. Tienes otras obligaciones, tienes que estudiar. Y entras en exactamente una hora. No puedes ir a casa a comer. Comerás algo por el camino.

Sigues, sigues, no paras, no has parado desde que te has levantado y te lamentas por no tener una vida más tranquila. ¿Es esto un castigo divino? ¿Dónde andarán mis amigos? ¿Qué están haciendo ahora mismo? Recuerdas aquellos fines de semana. ¿Es eso la juventud? Tratas de no pensar demasiado en ello. ¿Cuánto habrá pasado desde que mantuviste una conversación? No un mero intercambio de palabras, sino una verdadera conversación. Supones que están demasiado ocupados. Si, demasiado ocupados.

El camino parece una tortura. Comes a toda prisa en la cafetería y entras a clases. Horas y horas que pasan lentas. Parece que la tarde no va a acabar nunca. ¿Cómo puede hablar tanto ese profesor? No sabes ni de que estás cogiendo apuntes, solo piensas en llegar a casa y dormir. Teorías, nombres de personas, fechas, lugares…y el tiempo no pasa, todo va demasiado lento.

Cuando sales, ya ha anochecido, y no has aprovechado el día. Sientes que todo ha sido una pérdida de tiempo. Sientes que deberíasresignación haber empleado ese tiempo en lo que realmente quieres y deseas. ¿Por qué los sueños se terminan tan pronto? ¿Cómo vas a cumplirlos si esta sociedad ha decidido que, cuando crecemos, solo podemos trabajar y vivir en una rutina? ¿Llegaré al final de mi vida y estaré orgullosa de lo que he hecho?

Llegas a casa y haces lo que has estado deseando desde que saliste por la puerta de casa: quitarte los zapatos en la puerta y dejarlos de cualquier manera. Eso simboliza que ha llegado el final de tu día y, por fin, puede hacer lo que te de la gana. Te desperezas y te vas desvistiendo camino de tu habitación. Encuentras el pijama sobre la cama y te lo pones sin pensarlo dos veces.

La cocina está sin recoger, pero no te paras a ver lo desorganizado que está todo. Acumulas y acumulas hasta que llega el fin de semana. Coges la sartén más cercana y haces una tortilla. Se te ha olvidado hacer la compra. No queda apenas nada.

Y cuando ya has terminado, cuando sabes que oficialmente tu día ha terminado y dispones de tu tiempo a placer, le echas una ojeada al reloj y ves que tienes que irte a dormir porque te levantas temprano. Te embarga la amargura, el resentimiento, y deseas convertirte en esa niña pequeña cuyo berrinche acarrea gritos y llanto. Deseas que tus padres estén cerca, te mimen y te protejan. Sueñas con esa llamada inesperada que te levantará el ánimo. Pero no ocurre nada. Quieres gritarle al aire: “Si esto es crecer, yo así no juego”. Pero ya no eres una cría.

Vuelves a donde comenzó todo, a tu cama, te tumbas y buscas el calor de los sueños. Lo único que quieres es soñar. Y ojalá fueran parte de la realidad. Porque, así, no puedes más.

“Levántate aunque sientas que no queda nada”

Hay mañanas en las que no te apetece levantarte, mañanas en las que sientes que el mundo está en tu contra y todo lo que conlleva desperezarte y comenzar el día es el mayor error que podrías cometer. Sin embargo, no te puedes quedar tumbado en la cama todo el levántatedía, mirando el techo y murmurando: “es blanco. El techo es blanco”. Esa, no es toda tu realidad. Fuera, en la realidad, en la calle, en una rutina desesperante, pero al fin y al cabo tuya, hay un mundo por descubrir. Y te levantas. ¿Por obligación? ¿Por un profundo y tortuoso sentimiento de responsabilidad? ¿Por qué no tienes otra cosa que hacer? Da igual, no importa. Te levantas. Y miras al mañana. Y por muy malo que sea ese día, sigues. Porque no tienes la certeza de que haya un mañana. La vida son dos días y al tercero, ¿quién sabe lo que pasará?

Nos complicamos demasiado. La vida es mucho más simple que todo esto. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Sin embargo, hemos llegado a este mundo con un latido en nuestro corazón que nos diferencia, que nos dice “hemos venido aquí por algo más que estas cuatro simples fases”. Necesitamos cumplir nuestros sueños y expectativas para que, el día en que muramos, no nos quedemos con la sensación de que hemos perdido el tiempo.

¿Qué habrá después? ¿Existe un cielo o un infierno? ¿Reencarnación? ¿Nada?

Tal vez no estemos preparados para responder esas preguntas, pero, ¿por qué no aprovechar el tiempo que se nos ha dado? Ríe, llora, siente, enamórate, discute, sueña.

Por que vivimos para soñar con seguir soñando para seguir viviendo. Por que somos nosotros los que complicamos esas cuatro simples fases y las hacemos maravillosas. Las hacemos nuestra vida.

vidaAsí pues, cuando nos damos cuenta de que en esta vida puede pasar cualquier cosa que interrumpa su curso natural, decidimos mostrarnos al mundo como somos: una pequeña luz entre miles. Pero, por supuesto, esto no es fácil.

Decidirte a desplegar las alas frente al mundo, no es fácil. Mostrar, después de tanto tiempo, tu verdadera apariencia, es complicado. ¿Qué pensarán? ¿Me aceptarán tal y como soy? ¿Me abandonarán? Piensas más en los que te rodean que en ti mismo. Esta no es más que otra excusa para hundirte entre las sombras. Eres luz, eres vida, eres sueños. Eres tú y necesitas cumplir con tu destino, con tu porqué. Ser tú y mostrar tu yo.

Estás decidido. Lo sabes y no puedes dar marcha atrás. Y te desnudas frente al mundo. “Aquí estoy”. Ya no tienes miedo de ser tú. Ya no tienes miedo de mostrar como eres, de llorar si es necesario, emocionarte, reírte o decirle a una persona cuanto la quieres. ¿Qué tienes qué perder? Es mejor perder a una persona, por mucho que la quieras, que perderte a ti mismo. ¿Qué harías sin ti mismo? Te perderías de nuevo entre las sombras. Y, aunque estés en el fondo de un húmedo y oscuro pozo, siempre hay cuerdas que te ayudan a levantarte: amigos, familia, tus sueños, tus convicciones…miles de miles de razones. ¿No crees que debes seguir aunque el cielo se caiga sobre tu cabeza?

“Aún quedan mil batallas por emprender, pero no falta valor en mi corazón. Todo mi ser está decidido a partir hacia mis destino. A ser otra luz y encontrar vida. A buscar la razón de mi existencia.”

¿No es maravilloso?

Equilibrio

El ángel y el demonio jugaban al ajedrez. Peón al B4, caballo a F6. La mujer de cabello blanco reposaba en su trono, mirando la partida un tanto anonadada. El ángel observaba al demonio, expectante, mientras se desarrollaba la partida, tratando de prever sus movimientos y, así, pensar rápidamente en un contraataque. Ninguno estaba dispuesto a perder; siempre terminaban en tablas.

La mujer de cabellos blancos desvió la mirada al ventanal más cercano. Llovía a cántaros, como en su corazón. Ya no era capaz deajedrez mostrar sus sentimientos, de reflejarlos en su rostro. Había perdido la poca humanidad que tenía. Los últimos meses habían sido extraños. Había pasado por diferentes fases: dolor, ofuscación, resignación, aceptación. Pero ahora, ¿qué era ella? Se había convertido en un ser inanimado y seguía dotada de un corazón que latía día tras día, todavía sangrante por el dolor. Pensó en los meses pasados que habían acabado convirtiéndose en años.

La sombra de una mueca de dolor apareció en el rostro de la mujer. Volver a recordar el pasado nunca era agradable. Bueno o malo, ahora su realidad era otra muy distinta y no podía hacer nada para seguir adelante o volver hacia atrás. Debía permanecer quieta, sentada en su trono. Los recuerdos afloraron con mayor rapidez en su mente y la envolvieron en un universo. Soledad, tristeza, Decepción.

El ángel y el demonio se detuvieron unos segundos y, sincronizados, giraron sus cabezas para mirar a la mujer. Podían leer su desgarrado corazón con la misma facilidad con la que se lee un libro de cuentos. El demonio sonrió con malicia y movió ficha. El ángel estaba aterrado, buscaba la forma de proteger sus piezas. La partida continuó cada vez más intensa.

brokeLas fichas blancas comenzaron a desaparecer con una rapidez asombrosa y el ángel no sabía como contrarrestar los movimientos. La mujer de cabellos blancos observaba la partida desde su trono, sin participar en el apoyo de ninguno de los dos bandos. Sus ojos se movían con rapidez del ángel al demonio. Una lágrima cristalina recorrió su mejilla sin el más mínimo llanto. En el fondo de su corazón estalló una copa de agua en mil pedazos.

Se agarró con fuerza a los brazos de su trono, tratando de controlarse, pero la partida seguía cada vez más enérgica. La reina blanca había caído. El demonio miró a la mujer y le guiñó un ojo desde su posición. Jaque mate.

El ángel, aterrado, tumbó al rey. Unas cadenas aparecieron del suelo de piedra y, mientras miraba a la mujer con ojos preocupados, desapareció en un mar de llamas. La mujer y el demonio se quedaron solos en la habitación. Él la miraba intrigada; al principio intranquilo, después conspirador. Tanteando el terreno, se levantó despacio y se acercó al trono.

-Yo puedo ayudarte-susurró el demonio, inclinándose ante la mujer, manteniendo sus ojos a la misma altura de los de ella. – Sé por lo que estás pasando.

-Tú no sabes nada.- esas fueron sus primeras palabras en las últimas semanas.

-Te dejaron sola y con un futuro horrible. Tu presente es esperar a que la muerte venga a por ti y te lleve para poder descansar en paz y, cuando llegue tu hora, la pena te consumirá por dentro porque no pudiste ser feliz en tu vida humana y vagarás por el purgatorio eternamente. – El demonio, miró por el ventanal. Hacía tormenta.- ¿Crees que así podrás encontrar tu esencia?

La mujer se levantó con dificultad. ¿Cuánto hacía que no se ponía en pie? Tal vez días. Se paseó por la sala redonda, trazando una línea recta mientras el demonio miraba el rey blanco tumbado sobre el tablero. Sus ojos acabaron encontrándose y, antes de que ella pronunciase aquellas palabras, la firmeza de sus ojos habló por si sola.

-Acepto.

Y con un apretón de manos sellaron el pacto.

Sonrisa mañanera con olor a café

Tenía los ojos entreabiertos, vislumbrando los rayos del sol que rozaban la colcha que cubría la piel desnuda de mis piernas. Tal vez fue el piar de las golondrinas las que me despertaron, o el olor de los granos de café recién molidos, cociéndose lentamente en nuestra vieja cafetera. “Nuestra”. Ya me sonaba hasta antiguo, rutinario, eterno.

La voz de aquel periodista que tanto le gustaba, se escuchaba lejano, seguramente saldría de la cocina. Tenía la radio puesta, comoVolar todas las mañanas. A veces ni siquiera la escuchaba, simplemente sintonizaba por costumbre, para no sentirse solo. A nadie le gusta estar solo, incluso cuando se es solitario.

El frío de la mañana recorrió cada célula de mi cuerpo, produciéndome un escalofrío que me erizó el pelo despeinado. Me refugié en su camisa azul, abrazándome a su olor, acurrucándome en la cama que compartíamos todas las noches. Todo me recordaba a él, cada centímetro de aquella casa que habíamos logrado alquilar desde hacía un año, cada pequeño y escondido rincón que olía a él, cada rastro que dejaba diseminado por la casa, como las llaves del coche o su chaqueta de cuero tirada sobre el sillón. Sonreí divertida al recordar aquellos pequeños detalles que solo hacían que cada día los apreciara más y más. Era como un pequeño recordatorio, un mensaje subliminal que decía “no estás sola”.

A los pies de la cama, junto a las zapatillas y la ropa del día anterior, se encontraba una de mis más importantes posesiones, un libro, Peter Pan. Fue el primer regalo que me hizo, cuando todavía éramos “solo amigos”. Y pensar que tan solo teníamos dieciocho años cuando, en aquella noche de Noviembre me dio entre las risas de nuestros amigos y la luna llena, el libro que andaba buscando durante tanto.

“Nunca dejes que te sorprenda el capitán Garfio, Leire. Si te intentan pillar los años, huye. No olvides la niña que fuiste. Eres la luz de esta pequeña ciudad, eres la única que puede volar con Peter Pan.”

BrilloNo tardé mucho en enamorarme de él, lo puso muy fácil. Cada gesto, cada diminuta palabra que escogía cuidadosamente, los relatos de sus pequeñas experiencias, sus ojos verdes que brillaban en la noche, su cabello rubio revuelto, su media sonrisa llena de emociones. No pude dejar de apasionarme por estar en cada uno de esos momentos y guardarlos como tesoros. Así pasaron los años, parecía mentira. Todavía recuerdo la vez que nos perdimos en aquella estación de tren abandonada, un verano en la sierra. Pobre, le hice pasar un mal rato cuando me torcí el tobillo. Sin embargo, se relajó inmediatamente y me subió a su espalda. Recuerdo el manto de estrellas que cubría la noche mientras, en silencio, recorríamos el raíl en busca del pueblo. Fue entonces, cuando me di cuenta de que lo necesitaba conmigo y que no lo dejaría marchar.

Escuché como se accionaba la tostadora y pasaban a unos minutos de publicidad en aquel programa de radio. El chocar de dos tazas, seguramente las azules, mis preferidas. El exprimidor, para unas pequeñas naranjas que habíamos conseguido en el mercado, regateando con aquel viejo de mirada amable. Un poquito de azúcar y unas gotitas de amor. Me encantan los domingos y esas sorpresas por la mañana.

Me hice la dormida, haciéndome un ovillo bajo la sábana. Rió entre dientes, como siempre que le montaba aquellas escenitas de niñaDesayuno pequeña. Dejó la bandeja sobre el escritorio, repleto de papeles del trabajo y algunos poemas que escribía los sábados por la mañana, cuando el vecino tocaba el piano y dejaba que entrasen las notas a mi habitación.

-¿Leire?- preguntó divertido. Sus manos buscaron mi pelo despeinado, buscando la forma de su mano entre los mechones que él mismo había enredado la noche anterior.

Yo contesté con un pequeño gruñido, de esos que solo hacían que volviese a reír y fuese aún más insistente.

-Leire…el desayuno- susurró en el hueco de mi oreja. Su respiración dulce y pausada hizo que se me acelerase el corazón.

Empezó a hacerme cosquillas con la nariz en la nuca, sus manos buscaron mi costado y empezó a mover los dedos, haciéndome reír con voz ronca. Odiaba mi voz por las mañanas, aunque él decía que era lo más encantador que había escuchado jamás. Otra vez demostraba, aquellos pequeños momentos, aquellos detalles que lo hacían especial.

Aparecí de debajo de las sábanas con el entrecejo fruncido y un mueca.

-Deja de hacerme enfadar.- murmuré ruborizada.

-Pero ¡si te encanta!- rió divertido ante mi reacción, peinándome el flequillo con sus suaves dedos.

David se levantó en busca de la bandeja. Una azucena blanca para empezar el día, una de las pocas que habían salido en nuestras pequeñas macetas del rellano. Zumo de naranja, tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa y café. Un gran desayuno para otro gran domingo.

El vecino nos dedicó una pieza con su piano de cola. Todo parecía dispuesto para que empezaran a filmar una película romántica de esas de antes, con las que te daban ganas de vivir para toda la eternidad. Nos miramos fijamente. Su sonrisa brillaba aún más de lo habitual.

-¿Peter Pan?- dijo mientras recogía el libro del suelo.

-Si- susurré mientras me estiraba entre las sábanas.

Hojeó sus páginas, un poco dobladas por el excesivo uso en las noches de insomnio, llenas de recuerdos y promesas. Él era mi Peter Pan, el que me había dejado entrar en un mundo lleno de fantasías, piratas, sirenas y niños perdidos en el tiempo que jamás podrían crecer. Era como si Wendy se hubiera quedado en el país de nunca jamás.

No pude dejar de mirar sus ojos llenos de ilusión. La arena del reloj había dejado de caer y, se había quedado sin tiempo suficiente para dejarnos digerir todo aquello. El piano de cola dejó de sonar sin explicación y la azucena ya no era tan blanca, sino que sus pétalos comenzaban a amarillear.

Unas lágrimas pequeñas y sinuosas comenzaron a rondar por mis mejillas.

-¿Leire, qué te ocurre?

AdiosMe dolía el pecho, porque el dolor que tenía en el corazón era demasiado grande. Se había vuelto pequeño, inseguro y no bombeaba con tanta fuerza. La respiración entrecortada, los hipidos…solo su abrazo lleno de ternura logró aplacar mi reacción.

-¿Qué ocurre?- volvió a preguntar cuando me hube serenado y limpiado las lágrimas con el puño de su camisa.

-Ya no te quiero. No como antes.

Un silencio sepulcral se instauró entre los dos. La habitación perdió su color, su olor y se perdió en el tiempo. Jamás me supo tan amargo el café, pero Wendy tenía que dejar nunca jamás para convertirse en una mujer.

Este relato está especialmente dedicada a esa persona a la que tanto le gustan estas historias. Te prometí una historia de amor. Con el tiempo la acabaré, esto solo es el comienzo. Recuerda: Siempre hay esperanzas.

Si pudiera verte ahora

La noche me paraliza, anestesia este dolor que siento en el pecho, que envuelve mi corazón. ¿Qué más puedo hacer? No hay suficientes lágrimas en el mundo que puedan describir este sentimiento, esta congoja que sufro.

NocheNo hay sonidos en la oscuridad, ni el leve movimiento de pequeños insectos, ni el crujir de los muebles, cansados de soportar esa carga diaria que nos hace la vida más fácil. No hay luces que iluminen mi habitación, ni el rayo de luna que podría llegar a entrar por las rendijas de la persiana, ni la batería de algún aparato electrónico que marca su funcionamiento. Tampoco hay olor en el ambiente, solo la neutralidad del vacío. No hay nada ni nadie. Pero no estoy sola.

La habitación me parece demasiado grande y la noche demasiado larga. ¿Cuándo llegará el amanecer? ¿Dónde queda la eternidad? Lloramos la muerte de la luz y velamos con la esperanza de que vuelva a renacer. El paso del tiempo es lento y a la vez rápido. Las estaciones pasan sin apenas hacer ruido. ¿Dónde estás? Aún quedan susurros en el aire. Tu nombre vuelve con la brisa marina. Allá, desde el sur.

Sigo luchando por levantarme cada mañana, pero no es fácil. ¿Cómo seguir sin encontrar un motivo para levantarte? Me duele el corazón más de lo que nunca me ha podido doler. Pero seguimos, seguimos porque siempre queda un mañana. Detrás de las nubesAbrazo el cielo siempre es azul.

No tengo miedo a encontrarte. Sueño contigo todas las noches. Sueño con poder despertarme y tenerte a mi lado, durmiendo plácidamente, sin tensión en el cuerpo, con la respiración acompasada. Con la marca de mi beso en tus labios.

Pero no estás. Aún no estás. No sé si quiera si algún día estarás. Pero sigo soñando.

Me da miedo estar volviéndome loca. Me da miedo esta sensación que me embarga. No te conozco pero si te conozco. ¿Se puede echar de menos a alguien que no conoces? Desisto, pero el viento me trae de nuevo ese olor familiar de mis sueños. Brisa marina en mitad de la ciudad. Esconde tu nombre, tu nombre impronunciable.

No quiero decirlo, pero tengo que decirlo. Lo digo. No lo escucha nadie. Y aún imagino que sonríes cuando lo digo. Aunque nunca llegues a escucharlo. ¿Existes o es solo esquizofrenia?

Quiero decírtelo y dejar de gritarlo a una noche que solo es vacío. No hay luna, no hay sonidos. Siento el vacío, la angustia. La noche me tranquiliza, me acuna. Yo lloro. Lloro por esas palabras que no paro de repetir aunque tu no las oigas.

Y aun así, creo que te conozco.

Aleluya

Dicen que lo último que se pierde es la esperanza; que, a pesar de que todo este mal, de que solo nos quede un sentimiento de congoja y pérdida, agonía y dolor, siempre queda un rayo de esperanza, un rayo de luz que nos ilumina. Porque, detrás de las nubes, el cielo siempre es azul.

Hemos perdido el norte. Hemos perdido el camino a nuestra verdad, a nuestra felicidad. Las personas ya no sabemos lo que queremos. azulNo sabemos apreciar lo que tenemos, lo que esta vida nos proporciona. Ya no valoramos nada; ni a nuestra familia, ni a nuestros amigos, ni a nuestra pareja, ni nuestro trabajo, ni las oportunidades que nos brindan. Nada. Y, sin embargo, hay miles de personas que mueren al día sin nada. Sin absolutamente, nada. Viven el día a día como si fuera el último, porque no saben si podrán llegar a mañana.

Tengamos fe. Fe en el mañana, en el mundo, en las personas. Fe en el cambio, en la felicidad, en encontrar nuestro lugar, Todos estamos aquí por algo, por algún motivo y tenemos que luchar porque esa razón se cumpla todos los días un poquito más.

Aleluya. Aleluya por los que valoran la vida. Aleluya. Aleluya por encontrar a esas personas que nos hacen seguir adelante todos los días, personas especiales e inigualables que merecen la pena mantener hasta el final. Aleluya por todos los que quieren cambiar el mundo para que todos seamos un poquito más felices. Por la paz, el amor y los sueños.

¿Qué somos capaces de dar por la gente que queremos? Todo. Somos capaces de sacrificarnos por ellos, de dar la vida. Porque los amamos, los queremos y son demasiado importantes como para perderlos. Las personas que queremos no son más que pedacitos de nuestra alma, pedacitos que nos conforman; son parte de nuestra vida y, sin ellos, no sería nada igual.

Cuando no podemos decir palabras que reconfortan, cuando no podemos darles una solución a algún problema, cuando los vemos sufrir, sufrimos con ellos. Nos sentimos impotentes, frágiles y tratamos de recomponer con un abrazo a esa persona que se encuentra derrotada, que se siente vencida, que no quiere luchar más. Porque en la vida hay que seguir luchando para seguir soñando, viviendo, amando. No te des por vencido, sigue adelante, encuentra tu lugar, tu rumbo, tu destino.

viveLa esperanza son todas aquellas personas que se quedan a nuestro lado en nuestro peor momento, que lo dan todo por nosotros. Un amigo de verdad es el que gritará contigo de dolor cuando nos sintamos débiles, el que sabrá reír contigo cuando sientas la mayor felicidad, el que se sentará a tu lado a dar las “gracias”. Un amigo es el que sabe decir perdón y gracias de todo corazón y sin ningún esfuerzo. Un amigo es el que valora el gesto más insignificante y lo atesora como lo más precioso. Un amigo es el que te da el regalo de la compañía, del cariño, de la confianza. Es un lazo, el lazo del compañerismo en este camino llamado “vida”.

A veces perdemos el rumbo. Nos encontramos perdidos, no sabemos donde estamos, porque estamos aquí, cual es nuestro lugar. En esos momentos debemos mirar al cielo, ver el sol, ver su luz y recordarnos el calor de las personas que nos acompañan en este mundo. Esa, esa es la luz de la esperanza, la luz que nos ilumina y nos ayuda a seguir, a dar el siguiente paso.

Hay que aprender a dar las gracias. Gracias por los que nos acompañan, porque por ellos merece la pena sacrificarse. Gracias por dotarnos de la capacidad de emocionarnos con los demás. Gracias por la vida, porque buscamos el paraíso cuando no vemos que ya vivimos en él. Gracias por todo.

Sigamos luchando cada día por un mejor mañana.

El primer despertar

Tanto nos contaban de pequeños aquellos cuentos de hadas y tanto se nos ha demostrado que no existen. No es fácil conseguir lo que quieres, los sueños, el amor, no existen varitas mágicas que nos concedan instantáneamente los deseos más profundos y desesperados de nuestro corazón.HADAS

Aun recuerdo aquellas historias que me conmovían y hacían sonreír, como los ojos me brillaban después de aquellas emocionantes historias y el resquemor que se quedaba en mi corazón deseando que a mi también me ocurriese. La princesa encontraba a su príncipe cuando su destino estaba a punto de cambiar y la salvaba de perderse en un profundo bosque, o la recataba de las garras de un enorme dragón que lanzaba llamaradas de fuego, o le abría los ojos a un mundo que nunca había podido contemplar. No existen. Al menos, no literalmente.

Crecí con esos cuentos, crecí con esa filosofía. “Algún día un príncipe me rescatará de mi prisión y me enseñará el mundo. Me tomará de la mano y bailará conmigo bajo la lluvia, daremos largos paseos por las avenidas sin la vergüenza de estar juntos y, cuando me vaya, me susurrará que me quede con él, y yo le contestaré: siempre”. Pero ya hemos visto que las cosas no son así. Tus esperanzas se van apagando, aquellos cuentos se van olvidando y tus sueños…¿qué es soñar?

Una noche, mientras escuchaba una canción de valentía, las palabras salieron de mis labios sin darme cuenta. “ ¿No será que soy yo la que tengo que rescatarme a mi misma? ¿No será que soy yo la que tengo que dejarle ver a él mi mundo? ¿No será que malinterpretamos aquellos cuentos que nos contaron de pequeños? ¿No será que los sueños pueden hacerse realidad cuando pones empeño y fe en ellos? ¿No será que lo que tenemos que hacer es dejar de empecinarnos con el ya llegará y luchar por ello? ¿No será que debo quitarme este velo que me tapa los ojos? ¿No será que estoy dormida?”

Una vez soñé que soñaba que los sueños podían hacerse realidad, cuando en realidad era mi alma que me susurraba que despertase para poder luchar por ellos.

Esa noche, lloré. Lloré por la ceguera, lloré por el engaño, por el miedo, por el pasado, lloré por no haber despertado antes. Recorrí mi lagrimas pasadashabitación, perdida, mirando cada rincón como si fuese la última vez. Me di cuenta de que había convertido mi habitación en mi propia jaula, una prisión de paredes llenas de color, con una puerta sin cerrojo, con un montón de cosas que podía haber empezado a hacer. Me había encerrado en mi propia prisión, porque quería que me rescatasen cuando era yo la que tenía que dejarme rescatar por mi alma, por mi fuerza, por mis sueños. Por mi.

Me tumbé en la cama, temblorosa, llorando desde lo más profundo de mi corazón. Escuché como mi alma gritaba, mi alma me decía que estaba ahí, que mi cuerpo no era una prisión, que esa habitación no era una prisión, que era libre y tan solo yo me había impuesto aquellas cadenas de hierro que tanto daño me hacían en las muñecas. Yo misma me estaba haciendo daño por miedo a la verdad.

Sabía que ya no había vuelta atrás, que mi alma había visto la luz, la verdad, y que ahora no quería echarse atrás, no iba a dejarse encerrar de nuevo. Las fotos de ayer, las canciones de antes, los sueños de cría, los abrazos, los besos, los deseos…todos me rondaban por la cabeza una y otra vez. Me despedía de ellos. Estaba muriendo. Estaba diciéndoles adiós. Porque había vivido una mentira, una pesadilla que yo misma había creado.

Escuché como nunca antes, atendí a mis sentidos como jamás lo había hecho. Esa canción me hablaba de mi, de cómo alguien se había deshecho de aquel pasado que provocó que se lamentara durante mucho tiempo, de que no iba a quedarse mirando una ilusión que se había creado para no vivir. Vivía una mentira sin empezar a vivir la realidad.

LuzDesperté. Abrí los ojos a un nuevo mundo. Oí como mi alma me decía “bienvenida”, como el mundo parecía aplaudirme por el valor a aceptar la verdad, como mi pasado se había convertido definitivamente en eso, el pasado. Miré mi habitación y la vi diferente. Había luz, había paz, había lo que siempre había buscado: un hogar. Ya estaba en casa, por mi, estaba en mi casa.

Abrí la puerta y salí de la habitación para reconciliarme con lo que yo creía que era mi torre, cuando era mi castillo. Me di cuenta de que era yo misma la que me negaba a vivir mi realidad, mi vida, mis deseos. Lloré de felicidad, al sentirme “bien”, “ a gusto”, “completa”. Sonreí a la noche, sonreí al mañana, sonreí a la vida.

Regresé a mi habitación, pensando en mis quejas, en mis sueños, en mis expectativas en la vida. No debía despreciar la vida, debía reconciliarme con ella, porque había muchos que no tenían mis oportunidades de disfrutarla, era yo la que me negaba a vivir. Me sentí egoísta por aquellos que pasan verdaderas calamidades, por aquellos que no tienen mis posibilidades, por aquellos que abandonaron este mundo sin querer, por aquellos que no pudieron disfrutar de la vida por más tiempo. Era injusto, era egoísta con aquellos que murieron.

Irse de este mundo con la sensación de no haber hecho nada, era lo más lamentable de todo. Yo era alguien aquí, era yo en el mundo, con un futuro incierto, una verdadera aventura. No quería morir con la sensación de haber desaprovechado mi vida. Ese “ ¿y si yo hubiera hecho esto?” ¿Por qué no lo hice antes?

BrujulaY luego, mis sueños. ¿Cuáles eran mis sueños? Era fácil y a la vez difícil. Mis sueños estaban más que meditados, más que claros, escuchaba como mi corazón me los decía y bombeaba más fuerte cuanto más pensaba en ellos. Pero, ¿eran sueños o simples me gustaría? Los sueños son aquellos por los que luchamos y, cuando los conseguimos, seguimos luchando para que sigan cumpliéndose, incluso nos buscamos otros nuevos. Porque la vida, no es más que soñar y soñar otra vez con seguir soñando para seguir viviendo.

Ahora era otra. Otra yo. Otra chica que vivía en un castillo. Que no era una princesa, era más que eso, una mujer libre. Que tenía claro lo que era la vida, una oportunidad. Que todavía tenía tiempo para dejar de lamentarse y aprovechar lo que tenía. Que podía dejar de ser egoísta con los demás. Que podía vivir al fin tranquila en su hogar, en su vida, con los demás. Iba a empezar a construir mis sueños, para toda la vida. Solo necesitaba, una oportunidad para demostrar mi fuerza, mi empeño. El porqué había venido a este mundo.

Escuché una y otra vez aquella canción, agradeciendo sus palabras, su sabiduría y esperaba que otros más despertasen. Solo necesitaban fuerza, confianza, valor y encontrar el camino a seguir.

Ahora, no soy una princesa que tenía un destino marcado. Soy la brújula que marca su propio destino. Y créeme, lograré mis sueños y jamás me arrepentiré de lo que he hecho.

Estamos aquí para vivir, ¿no? Vive, sueña, ama y sigue viviendo como si fuera el último día de tu vida. Quizás mañana, despertemos otra vez, pero seguiremos viviendo como si fuera el último día.

Caramelos de violeta con sabor agridulce

VioletasA veces las cosas que parecen más dulces pueden ser las más amargas. El chocolate, cuando más en abundancia, cuanto más cacao, puede ser un arma letal para el paladar, un sabor especial que solo unos pocos pueden tolerar. Un amargor que solo unos pocos pueden aceptar, porque, al fin y al cabo, es otro sabor, como el dulce o el salado; sabores únicos.

Para mi, el sabor más especial, es el sabor del “agridulce”. No todos pueden captar esa sensación en la lengua; siempre distinguen entre dulce, salado, amargo. ¿Qué es el agridulce? Es el sabor de la melancolía, del “me falta algo pero no se que”, del paso del tiempo que se queda estancado en el presente, del nudo en el estómago. Es un sabor lleno de misterio, de preguntas sin hacer, de dudas sin responder, el sabor de la incertidumbre y del olvido.

Recuerdo el sabor de los caramelos de violeta. Un sabor incomparable, un sabor a Francia, a flores, a campo, a viajes, a recuerdos del pasado que vienen a la memoria, a una sonrisa llena de felicidad, la alegría de la juventud, de la inocencia. Azúcar y flores, una combinación especial. Dulzura artesanal que se derrite en tu boca. Aún me estremezco al recordarlo.

Sin embargo, el paso del tiempo nos cambia, nos hace crecer, madurar. Los actos, los acontecimientos, los cambios nos afectan más de lo que pensamos.Madurar Una persona de veinte años no piensa igual que una de cuarenta. Las situaciones nos moldean, nos conforman como la persona que somos, la que se oculta entre las sombras por miedo a salir.

Hacía dos años que no probaba los caramelos de violeta, mis caramelos favoritos, los únicos que me detenía a saborear sin pensar en el paso del tiempo, que me transportaban a un jardín lleno de paz y silencio.

Hoy, ya no eran dulces. Ya no tenían ese sabor a azúcar y pétalos cristalizados, sino un sabor agridulce, lleno de melancolía, de un “je ne sais quoi”, un sabor que se había perdido en el tiempo. Fue cuando me di cuenta de cómo habían cambiado las cosas y de lo rápido que pasaban los años.

Se me hizo un nudo en el estómago al recordar mi dulce adolescencia. Las tardes frente al ordenador, las risas histéricas ante una gracia absurda que en aquel momento tenían todo el sentido del mundo, las discusiones sobre “me gusta, no me gusta alguien”, los encuentros con amigos, las primeras salidas, el primer beso, los enfrentamientos con nuestros padres, los cambios de humor sin explicación, el primer paso a descubrir el mundo. El sueño de crecer antes de tiempo para sentir libertad, cuando, en realidad, ese es el momento en el que más libres somos.

Pensé en el paso tiempo, en los cambios que traían consigo. Agridulce. Ya no pienso en crecer rápido, ahora me da miedo crecer. ¿Estaré preparada? ¿Soy fuerte? ¿Puedo enfrentarme al mundo exterior? ¿Soy lo suficientemente madura? ¿Puedo empezar a trabajar? ¿Puedo independizarme? Y yo que tenía aquella absurda idea de vivir sola con dieciocho; ahora con casi veinte, no sé que haré cuando llegue el día, incluso no se si llegará el día.

CrecerMe encuentro indecisa ante las preguntas más cruciales. Nunca viene mal un poco de seguridad. ¿Quién nos la da? Si un simple caramelo no puede mantener un sabor de forma perpetua, ¿cómo puedo estar segura en mis propios pensamientos? ¿Cómo puedo mantener una decisión para toda una vida? ¿Cómo puedo dar un paso tan grande? Agridulce.

¿Estoy lista para enfrentarme al mundo sola? ¿Por qué me siento sola cuando estoy rodeada de gente? Es absurdo. ¿Se puede echar de menos a alguien que no conoces? Agridulce. ¿Por qué te escondes? ¿Acaso debo empezar todo este camino sola? ¿Necesito compañía? Necesito un abrazo. ¿Puedo encontrar el amor? El nudo en el estómago se acentúa, siento como me aprieta, como me deja sin respiración.

No sé si será masoquismo, pero no puedo dejar de probar los caramelos de violeta, de saborearlos una y otra vez, regodeándome en las sensaciones que provoca en mi cuerpo. Creo que el agridulce es una forma de llanto, una manera de desahogo, de lágrimas conformadas en sabor. Tal vez sea el jazz, la noche, el nudo en el estómago, la pena por el paso del tiempo, por no obtener el mismo sabor.

No es tristeza lo que siento, es resignación. El agridulce es el sabor del adiós.

La fuerza de la soledad

¿Dónde quedaron las amables caricias del sol en primavera? ¿A dónde fue el olor a felicidad y paz? ¿Dónde quedó aquella sonrisa desprovista de preocupaciones? ¿Dónde estás primavera? ¿Dónde estás libertad? ¿Dónde estás infancia?

Felicidad ciegaLos cambios son los cambios. El tiempo pasa, maduramos, crecemos.

Ya nada se puede hacer por volver atrás. No existe la máquina del tiempo que arreglará todos nuestros errores. No existe el teletransportador que nos facilitaría tanto nuestra tarea. No existen tantas y tantas cosas que hacen falta y a la vez no.

¿No sería la vida demasiado aburrida con estás cosas? Si, es horrible equivocarse. Es horrible llorar por un error, esa situación de “¿porqué ha pasado esto?”, “¿por qué a mi?”, “¿por qué?” Ese porqué es la definición en sí misma de angustia, de no encontrar una respuesta, de que nadie responda a tu llamada de auxilio.

Sin embargo, si todo fuera felicidad, si todo fuera bienestar. ¿No sería extraño? Sería tan raro. No sabríamos apreciar los pequeños momentos, los pequeños detalles. Seríamos egoístas, egocéntricos e intolerantes. Seríamos ciegos de corazón.

¿Qué haríamos si no sintiésemos? Seríamos simples robots. La felicidad no nos llevaría a preguntarnos nuestro papel en el mundo. No haríamos nada. Autómatas.

Si algo hemos aprendido de “El Mago de Oz” es que hace falta mucho valor para pensar en sentir. Así siempre volveremos a nosotros mismos, a nuestro hogar. No hace falta un par de zapatos rojos, sino un par de lágrimas o una sonrisa.

En eso se basa la vida: ser consciente de que tenemos una oportunidad. Sean cuales sean las circunstancias.

***

Tengo la impresión, de que las personas estamos equivocadas sobre el concepto de soledad. ¿Qué es la soledad? Muchos la definen como un sentimiento triste en el que no tenemos a nadie que nos acoja; angustia y desesperación que se unen y te provocan un estado de absoluto despojo.

Pero eso no es soledad. Eso es abandono. El abandono es encontrarte en mitad de un desierto y escuchar el eco en la arena. Predicar en el desierto sin obtener una respuesta. No hay agua que apacigüe tu garganta. No hay un abrazo que te consuele. Eso no es soledad.

“La soledad es la compañía del silencio”

La soledad no es vacío ni abandono, es la compañía del silencio, la conversación con nosotros mismos.

***

¿Te has atrevido alguna vez a escucharte? Yo nunca lo había hecho. Nunca me había visto sola. Siempre pensé que la soledad era¿Hola? abandono, hasta que un buen día, algo retumbó dentro de mí. Como si alguien enjaulado en mi corazón suspirase.

Me quedé en silencio. Y volví a escucharlo. ¿Quién era? Cerré los ojos y escuché atentamente. Sí, estaba respirando. Tímidamente, pero respiraba. Parecía que lo hiciese sin muchas ganas, como si no fuese a obtener respuesta.

-¿Hola?- me susurré.

Obtuve silencio. Un silencio absoluto. Esa tímida respiración también se cortó. Pero de nuevo estuvo ahí. No, no era un error. Había alguien ahí.

-¿Hola?

Tampoco hubo respuesta. Solo hubo silencio. Comencé a pensar que estaba volviéndome loca, que estaba completamente “sola”, es decir, abandonada.

Pero, escuché un balbuceo. Las primeras palabras de un niño. Un tímido murmullo.

-Ho…la. Ho…la

Abrí los ojos de par en par. ¿Quién era esa voz? ¿Una niña?

-¿Hola?

- Hola

Cerré los ojos y me atreví a hablar por primera vez conmigo misma. Porque la soledad no es abandono, es tener la valentía suficiente para poder escucharte. Obviamos que nuestro “yo”, nuestra “esencia”, está marcada por nuestras acciones. Nuestro yo, un pequeño ser, se encuentra encerrado en una jaula con las puertas abiertas de par en par, pero que, por timidez y miedo, no sale al exterior. Por primera vez, me sentí como una niña que comienza a andar y dar sus primeros pasos. Era ciega de corazón, era un robot que no podía sentir. Era Dorothy volviendo a su hogar. Y abracé la vida.

Encontré la fuerza necesaria para hablar conmigo por primera vez, para ser sincera conmigo. Para responder por mi.

***

Baldosas amarillasHace unos días paseé cerca del río. Un auricular que dejaba oír una dulce canción de esperanza, el calor suave y tranquilizador del atardecer, el tímido viento que rozaba mi piel con una caricia. El olor a azahar, el sabor del helado que estaba tomando. Y sonreí. Simplemente, sonreí. Por primera vez, supe apreciar la felicidad de la soledad.

Reí como una tonta porque supe apreciar el calor del momento. Estaba bien.

Aún balbuceo. Aún temo equivocarme. Aún temo dar un paso. La vida es un camino de baldosas amarillas. Solo tenemos que decidir como caminar por ellas. Pero siempre con una sonrisa. Nunca te olvides de sonreír.

Porque a pesar de todo, detrás de las nubes, el cielo siempre es azul.

Mi primera búsqueda: ¿Quién soy?

Desde que somos niños y empezamos a tener conciencia sobre lo que ocurre a nuestro alrededor, comprendemos que existen mil cosas que todavía no sabemos, que nos movemos en un mundo extraño por el que no sabemos andar.

¿Dónde?Comenzamos a preguntar una y otra vez, esperando poder recopilar toda la información necesaria para deambular solos y poder comunicarnos con otros seres que llevan en ese mundo más tiempo:

¿Qué es eso? Un globo.

¿Y eso? Una mesa.

¿Y eso otro? El sol.

Preguntamos tanto, tenemos tantas ansias por saber, que los adultos se exasperan, porque ya han perdido la esperanza en saber. En saber cosas que no son evidentes, sino que son profundas y están ocultas a la vista de los hombres. Tal vez por eso, cuando éramos niños, éramos más sabios. Pero no lo sabíamos.

Muchos adultos creen que su vida se basa en trabajo, pareja, familia, dinero y, en el poco tiempo que te queda para descansar, amigos y un poco de ocio que trata de hacerte olvidar que pronto volverás a la rutina.

Otros, un pequeño grupo oculto entre las sombras, sienten que hay algo más, que la vida tiene que traer algo más consigo, que estamos aquí por una razón no tan evidente; y cuando le preguntan a ese primer grupo, estos les contestan: ¿Y qué mas quieres? Doy gracias por lo que tengo, así soy feliz.

Es cierto, estas personas tienen suerte, porque existen vidas realmente duras y con las que no podemos compararnos. Pero muchas de estas personas no saben porque son felices. No saben identificar cual es la suerte de su vida y solo se preocupan por continuarla de una manera monótona.

* * *

Hace poco, recordé mi infancia. Recordé lo que supone ver el mundo con los ojos de un niño y como habían cambiado las cosas con el paso del tiempo. Y me di cuenta, de que siempre me habían fascinado tres cosas: los sueños, la luna y el mar.Alcanzaré

¿Cómo esos tres conceptos se habían convertido en una ley inquebrantable? Tenían que ser algo más, tenían que significar algo más para mi, tenían que estar diciéndome algo de manera simbólica. Esa noche, brilló la luna con mayor intensidad. Soñé con la luna, con poder alcanzarla, con poder descubrir su otra cara, su lado oculto, su otro yo. Y me vi reflejada en ella.

¿Quién soy? ¿Qué esconde una apariencia? ¿Por qué mi mirada es difusa y no se aclara ante la luz del sol? ¿Por qué me oculto entre las sombras y no revelo mi identidad? ¿Tal vez es el miedo a mostrarme como soy? ¿A qué espero?

Ese día decidí emprender un viaje. Un viaje espiritual que me ayudaría a descubrir mi identidad, mi verdadero yo. Eso suponía, atravesar el espejo de las apariencias, de la fachada y buscar en mi corazón el sentido a todos aquellos símbolos que aparecían en mis sueños.

Por mucho que le haya suplicado a la vida, no existe la sencillez en los hechos que trae consigo. Por eso sé, que cuando descubra quien soy, podré comprender mejor que es la vida. Y solo tengo conmigo un utensilio que me ayudará en mi viaje: una brújula que marca su propio destino, el mío. ¿A dónde apunta mi corazón?

“Y cuando te me acercas

se acelera mi motor

me da fiebre

me hago fuego

Y me vuelvo a consumir”