Suena el despertador, tienes que levantarte. Sabes que vas a llegar tarde como no te pongas en marcha ahora mismo. Remoloneas un poco, pero la responsabilidad pesa demasiado sobre ti. Aun así, tienes un arma escondida y tu cuerpo tendrá que responder. La alarma resuena de nuevo por toda la habitación, chillando como si se tratara del fin del mundo. En cierto modo lo es.
Te levantas, buscas las zapatillas, andas hacia el baño arrastrando los pies y te miras en el espejo. La cara hinchada, las ojeras marcadas, rastros de maquillaje sin limpiar. Sabes perfectamente que algo no va bien. Tu cuerpo también reacciona ante el estrés, la falta de contacto con la humanidad fuera del trabajo, la necesidad de más horas de sueño, de tiempo libre para simplemente vaguear, el abandono de la gente a la que quieres y necesitas. Te resignas. Es lo que hay. Por mucho que duela.
Te metes en la ducha y buscas un poco de agua caliente. Te reconforta, te relaja. Pero sabes que no puedes estar mucho tiempo, tienes muchas cosas que hacer antes de irte. Te enjabonas, aclaras, te lavas el pelo, aclaras, acondicionador, aclaras. Un cuarto de hora exacto después, sales de la ducha, te secas el pelo a toda prisa con la toalla, buscas el albornoz y te diriges a la cocina.
El desayuno es una parte muy importante del día. Tal vez sea el único momento de toda esa rutina que puedes disfrutar. Buscas la taza de café, necesaria para empezar el día, y las rebanadas de pan que se convertirán en crujientes tostadas que te darán energía. Untas la mantequilla un día más y remueves el café trazando exactamente los mismos círculos imperfectos del día anterior. Miras al infinito hasta que reaccionas, echas una ojeada al reloj de cocina, y te levantas sin pensarlo.
Un día más se te ha hecho tarde. Recoges la habitación como puedes, haces la cama, buscas el bolso, te aseguras de que lo tienes todos. Llaves, gafas de sol, monedero, móvil, mp3. Vuelves al aseo. Te cepillas los dientes a toda prisa, intentas hacer desaparecer esas malditas ojeras que tanto te torturan y maquillas tu rostro en un vago intento de parecer más animada, guapa y feliz. Aunque sabes perfectamente que, por mucho que maquilles tus ojos, ellos dicen perfectamente: “ESTOY HARTA DE TODO ESTO”.
Sales a toda prisa de la casa y te diriges a trabajar. Pones la radio para distraerte mientras cruzas las calles en busca de tu puesto de trabajo. No te gusta nada de lo que oyes, es pura basura. Pero lo dejas, porque más basura que tu rutina no hay nada. Y sigues con esa música chirriante y repetitiva. Apenas te fijas en la gente, solo miras los semáforos. Verde, rojo. Verde, rojo. Maldices a los coches por ir tarde, te maldices a ti por llegar tarde. Maldices y maldices sin encontrar un maldito.
Llegas al trabajo. En pocas palabras: corre, escribe, tienes que ir a por esto, discutes, corre, necesitas llamar a aquella persona, buscas entre los archivos, gritas a tus compañeros, no sueltas el bolígrafo, por la ventana entra luz, no hay un minuto de descanso, tan solo han pasado dos horas, seguimos en el trabajo, escribes, escribes, un ruido, algún problema, la impresora está rota, problemas, el ordenador calcula datos, apuntas resultados, compruebas, comparas, todo está mal, la crisis afecta al sector, encima de todos los problemas está la crisis, sigues tecleando, buscas resultados, buscas algo, problemas, problemas, rapidez, no estás concentrada, para nada, no estás concentrada, escribes, escribes, presión, gritos, llamadas, más llamadas, búsquedas, apuntas. Fin.
Sales de tu puesto de trabajo con la sombra de la amargura. Pero tu día no ha terminado. No dispones de una tarde que aprovechar. Tienes otras obligaciones, tienes que estudiar. Y entras en exactamente una hora. No puedes ir a casa a comer. Comerás algo por el camino.
Sigues, sigues, no paras, no has parado desde que te has levantado y te lamentas por no tener una vida más tranquila. ¿Es esto un castigo divino? ¿Dónde andarán mis amigos? ¿Qué están haciendo ahora mismo? Recuerdas aquellos fines de semana. ¿Es eso la juventud? Tratas de no pensar demasiado en ello. ¿Cuánto habrá pasado desde que mantuviste una conversación? No un mero intercambio de palabras, sino una verdadera conversación. Supones que están demasiado ocupados. Si, demasiado ocupados.
El camino parece una tortura. Comes a toda prisa en la cafetería y entras a clases. Horas y horas que pasan lentas. Parece que la tarde no va a acabar nunca. ¿Cómo puede hablar tanto ese profesor? No sabes ni de que estás cogiendo apuntes, solo piensas en llegar a casa y dormir. Teorías, nombres de personas, fechas, lugares…y el tiempo no pasa, todo va demasiado lento.
Cuando sales, ya ha anochecido, y no has aprovechado el día. Sientes que todo ha sido una pérdida de tiempo. Sientes que deberías
haber empleado ese tiempo en lo que realmente quieres y deseas. ¿Por qué los sueños se terminan tan pronto? ¿Cómo vas a cumplirlos si esta sociedad ha decidido que, cuando crecemos, solo podemos trabajar y vivir en una rutina? ¿Llegaré al final de mi vida y estaré orgullosa de lo que he hecho?
Llegas a casa y haces lo que has estado deseando desde que saliste por la puerta de casa: quitarte los zapatos en la puerta y dejarlos de cualquier manera. Eso simboliza que ha llegado el final de tu día y, por fin, puede hacer lo que te de la gana. Te desperezas y te vas desvistiendo camino de tu habitación. Encuentras el pijama sobre la cama y te lo pones sin pensarlo dos veces.
La cocina está sin recoger, pero no te paras a ver lo desorganizado que está todo. Acumulas y acumulas hasta que llega el fin de semana. Coges la sartén más cercana y haces una tortilla. Se te ha olvidado hacer la compra. No queda apenas nada.
Y cuando ya has terminado, cuando sabes que oficialmente tu día ha terminado y dispones de tu tiempo a placer, le echas una ojeada al reloj y ves que tienes que irte a dormir porque te levantas temprano. Te embarga la amargura, el resentimiento, y deseas convertirte en esa niña pequeña cuyo berrinche acarrea gritos y llanto. Deseas que tus padres estén cerca, te mimen y te protejan. Sueñas con esa llamada inesperada que te levantará el ánimo. Pero no ocurre nada. Quieres gritarle al aire: “Si esto es crecer, yo así no juego”. Pero ya no eres una cría.
Vuelves a donde comenzó todo, a tu cama, te tumbas y buscas el calor de los sueños. Lo único que quieres es soñar. Y ojalá fueran parte de la realidad. Porque, así, no puedes más.
día, mirando el techo y murmurando: “es blanco. El techo es blanco”. Esa, no es toda tu realidad. Fuera, en la realidad, en la calle, en una rutina desesperante, pero al fin y al cabo tuya, hay un mundo por descubrir. Y te levantas. ¿Por obligación? ¿Por un profundo y tortuoso sentimiento de responsabilidad? ¿Por qué no tienes otra cosa que hacer? Da igual, no importa. Te levantas. Y miras al mañana. Y por muy malo que sea ese día, sigues. Porque no tienes la certeza de que haya un mañana. La vida son dos días y al tercero, ¿quién sabe lo que pasará?
Así pues, cuando nos damos cuenta de que en esta vida puede pasar cualquier cosa que interrumpa su curso natural, decidimos mostrarnos al mundo como somos: una pequeña luz entre miles. Pero, por supuesto, esto no es fácil.
mostrar sus sentimientos, de reflejarlos en su rostro. Había perdido la poca humanidad que tenía. Los últimos meses habían sido extraños. Había pasado por diferentes fases: dolor, ofuscación, resignación, aceptación. Pero ahora, ¿qué era ella? Se había convertido en un ser inanimado y seguía dotada de un corazón que latía día tras día, todavía sangrante por el dolor. Pensó en los meses pasados que habían acabado convirtiéndose en años.
Las fichas blancas comenzaron a desaparecer con una rapidez asombrosa y el ángel no sabía como contrarrestar los movimientos. La mujer de cabellos blancos observaba la partida desde su trono, sin participar en el apoyo de ninguno de los dos bandos. Sus ojos se movían con rapidez del ángel al demonio. Una lágrima cristalina recorrió su mejilla sin el más mínimo llanto. En el fondo de su corazón estalló una copa de agua en mil pedazos.
todas las mañanas. A veces ni siquiera la escuchaba, simplemente sintonizaba por costumbre, para no sentirse solo. A nadie le gusta estar solo, incluso cuando se es solitario.
No tardé mucho en enamorarme de él, lo puso muy fácil. Cada gesto, cada diminuta palabra que escogía cuidadosamente, los relatos de sus pequeñas experiencias, sus ojos verdes que brillaban en la noche, su cabello rubio revuelto, su media sonrisa llena de emociones. No pude dejar de apasionarme por estar en cada uno de esos momentos y guardarlos como tesoros. Así pasaron los años, parecía mentira. Todavía recuerdo la vez que nos perdimos en aquella estación de tren abandonada, un verano en la sierra. Pobre, le hice pasar un mal rato cuando me torcí el tobillo. Sin embargo, se relajó inmediatamente y me subió a su espalda. Recuerdo el manto de estrellas que cubría la noche mientras, en silencio, recorríamos el raíl en busca del pueblo. Fue entonces, cuando me di cuenta de que lo necesitaba conmigo y que no lo dejaría marchar.
pequeña. Dejó la bandeja sobre el escritorio, repleto de papeles del trabajo y algunos poemas que escribía los sábados por la mañana, cuando el vecino tocaba el piano y dejaba que entrasen las notas a mi habitación.
Me dolía el pecho, porque el dolor que tenía en el corazón era demasiado grande. Se había vuelto pequeño, inseguro y no bombeaba con tanta fuerza. La respiración entrecortada, los hipidos…solo su abrazo lleno de ternura logró aplacar mi reacción.
No hay sonidos en la oscuridad, ni el leve movimiento de pequeños insectos, ni el crujir de los muebles, cansados de soportar esa carga diaria que nos hace la vida más fácil. No hay luces que iluminen mi habitación, ni el rayo de luna que podría llegar a entrar por las rendijas de la persiana, ni la batería de algún aparato electrónico que marca su funcionamiento. Tampoco hay olor en el ambiente, solo la neutralidad del vacío. No hay nada ni nadie. Pero no estoy sola.
el cielo siempre es azul
No sabemos apreciar lo que tenemos, lo que esta vida nos proporciona. Ya no valoramos nada; ni a nuestra familia, ni a nuestros amigos, ni a nuestra pareja, ni nuestro trabajo, ni las oportunidades que nos brindan. Nada. Y, sin embargo, hay miles de personas que mueren al día sin nada. Sin absolutamente, nada. Viven el día a día como si fuera el último, porque no saben si podrán llegar a mañana.
La esperanza son todas aquellas personas que se quedan a nuestro lado en nuestro peor momento, que lo dan todo por nosotros. Un amigo de verdad es el que gritará contigo de dolor cuando nos sintamos débiles, el que sabrá reír contigo cuando sientas la mayor felicidad, el que se sentará a tu lado a dar las “gracias”. Un amigo es el que sabe decir perdón y gracias de todo corazón y sin ningún esfuerzo. Un amigo es el que valora el gesto más insignificante y lo atesora como lo más precioso. Un amigo es el que te da el regalo de la compañía, del cariño, de la confianza. Es un lazo, el lazo del compañerismo en este camino llamado “vida”.
habitación, perdida, mirando cada rincón como si fuese la última vez. Me di cuenta de que había convertido mi habitación en mi propia jaula, una prisión de paredes llenas de color, con una puerta sin cerrojo, con un montón de cosas que podía haber empezado a hacer. Me había encerrado en mi propia prisión, porque quería que me rescatasen cuando era yo la que tenía que dejarme rescatar por mi alma, por mi fuerza, por mis sueños. Por mi.
Desperté. Abrí los ojos a un nuevo mundo. Oí como mi alma me decía “bienvenida”, como el mundo parecía aplaudirme por el valor a aceptar la verdad, como mi pasado se había convertido definitivamente en eso, el pasado. Miré mi habitación y la vi diferente. Había luz, había paz, había lo que siempre había buscado: un hogar. Ya estaba en casa, por mi, estaba en mi casa.
Y luego, mis sueños. ¿Cuáles eran mis sueños? Era fácil y a la vez difícil. Mis sueños estaban más que meditados, más que claros, escuchaba como mi corazón me los decía y bombeaba más fuerte cuanto más pensaba en ellos. Pero, ¿eran sueños o simples me gustaría? Los sueños son aquellos por los que luchamos y, cuando los conseguimos, seguimos luchando para que sigan cumpliéndose, incluso nos buscamos otros nuevos. Porque la vida, no es más que soñar y soñar otra vez con seguir soñando para seguir viviendo.
A veces las cosas que parecen más dulces pueden ser las más amargas. El chocolate, cuando más en abundancia, cuanto más cacao, puede ser un arma letal para el paladar, un sabor especial que solo unos pocos pueden tolerar. Un amargor que solo unos pocos pueden aceptar, porque, al fin y al cabo, es otro sabor, como el dulce o el salado; sabores únicos.
Una persona de veinte años no piensa igual que una de cuarenta. Las situaciones nos moldean, nos conforman como la persona que somos, la que se oculta entre las sombras por miedo a salir.
Me encuentro indecisa ante las preguntas más cruciales. Nunca viene mal un poco de seguridad. ¿Quién nos la da? Si un simple caramelo no puede mantener un sabor de forma perpetua, ¿cómo puedo estar segura en mis propios pensamientos? ¿Cómo puedo mantener una decisión para toda una vida? ¿Cómo puedo dar un paso tan grande? Agridulce.
Los cambios son los cambios. El tiempo pasa, maduramos, crecemos.
abandono, hasta que un buen día, algo retumbó dentro de mí. Como si alguien enjaulado en mi corazón suspirase.
Hace unos días paseé cerca del río. Un auricular que dejaba oír una dulce canción de esperanza, el calor suave y tranquilizador del atardecer, el tímido viento que rozaba mi piel con una caricia. El olor a azahar, el sabor del helado que estaba tomando. Y sonreí. Simplemente, sonreí. Por primera vez, supe apreciar la felicidad de la soledad.
Comenzamos a preguntar una y otra vez, esperando poder recopilar toda la información necesaria para deambular solos y poder comunicarnos con otros seres que llevan en ese mundo más tiempo: