Aleluya

Dicen que lo último que se pierde es la esperanza; que, a pesar de que todo este mal, de que solo nos quede un sentimiento de congoja y pérdida, agonía y dolor, siempre queda un rayo de esperanza, un rayo de luz que nos ilumina. Porque, detrás de las nubes, el cielo siempre es azul.

Hemos perdido el norte. Hemos perdido el camino a nuestra verdad, a nuestra felicidad. Las personas ya no sabemos lo que queremos. azulNo sabemos apreciar lo que tenemos, lo que esta vida nos proporciona. Ya no valoramos nada; ni a nuestra familia, ni a nuestros amigos, ni a nuestra pareja, ni nuestro trabajo, ni las oportunidades que nos brindan. Nada. Y, sin embargo, hay miles de personas que mueren al día sin nada. Sin absolutamente, nada. Viven el día a día como si fuera el último, porque no saben si podrán llegar a mañana.

Tengamos fe. Fe en el mañana, en el mundo, en las personas. Fe en el cambio, en la felicidad, en encontrar nuestro lugar, Todos estamos aquí por algo, por algún motivo y tenemos que luchar porque esa razón se cumpla todos los días un poquito más.

Aleluya. Aleluya por los que valoran la vida. Aleluya. Aleluya por encontrar a esas personas que nos hacen seguir adelante todos los días, personas especiales e inigualables que merecen la pena mantener hasta el final. Aleluya por todos los que quieren cambiar el mundo para que todos seamos un poquito más felices. Por la paz, el amor y los sueños.

¿Qué somos capaces de dar por la gente que queremos? Todo. Somos capaces de sacrificarnos por ellos, de dar la vida. Porque los amamos, los queremos y son demasiado importantes como para perderlos. Las personas que queremos no son más que pedacitos de nuestra alma, pedacitos que nos conforman; son parte de nuestra vida y, sin ellos, no sería nada igual.

Cuando no podemos decir palabras que reconfortan, cuando no podemos darles una solución a algún problema, cuando los vemos sufrir, sufrimos con ellos. Nos sentimos impotentes, frágiles y tratamos de recomponer con un abrazo a esa persona que se encuentra derrotada, que se siente vencida, que no quiere luchar más. Porque en la vida hay que seguir luchando para seguir soñando, viviendo, amando. No te des por vencido, sigue adelante, encuentra tu lugar, tu rumbo, tu destino.

viveLa esperanza son todas aquellas personas que se quedan a nuestro lado en nuestro peor momento, que lo dan todo por nosotros. Un amigo de verdad es el que gritará contigo de dolor cuando nos sintamos débiles, el que sabrá reír contigo cuando sientas la mayor felicidad, el que se sentará a tu lado a dar las “gracias”. Un amigo es el que sabe decir perdón y gracias de todo corazón y sin ningún esfuerzo. Un amigo es el que valora el gesto más insignificante y lo atesora como lo más precioso. Un amigo es el que te da el regalo de la compañía, del cariño, de la confianza. Es un lazo, el lazo del compañerismo en este camino llamado “vida”.

A veces perdemos el rumbo. Nos encontramos perdidos, no sabemos donde estamos, porque estamos aquí, cual es nuestro lugar. En esos momentos debemos mirar al cielo, ver el sol, ver su luz y recordarnos el calor de las personas que nos acompañan en este mundo. Esa, esa es la luz de la esperanza, la luz que nos ilumina y nos ayuda a seguir, a dar el siguiente paso.

Hay que aprender a dar las gracias. Gracias por los que nos acompañan, porque por ellos merece la pena sacrificarse. Gracias por dotarnos de la capacidad de emocionarnos con los demás. Gracias por la vida, porque buscamos el paraíso cuando no vemos que ya vivimos en él. Gracias por todo.

Sigamos luchando cada día por un mejor mañana.

El primer despertar

Tanto nos contaban de pequeños aquellos cuentos de hadas y tanto se nos ha demostrado que no existen. No es fácil conseguir lo que quieres, los sueños, el amor, no existen varitas mágicas que nos concedan instantáneamente los deseos más profundos y desesperados de nuestro corazón.HADAS

Aun recuerdo aquellas historias que me conmovían y hacían sonreír, como los ojos me brillaban después de aquellas emocionantes historias y el resquemor que se quedaba en mi corazón deseando que a mi también me ocurriese. La princesa encontraba a su príncipe cuando su destino estaba a punto de cambiar y la salvaba de perderse en un profundo bosque, o la recataba de las garras de un enorme dragón que lanzaba llamaradas de fuego, o le abría los ojos a un mundo que nunca había podido contemplar. No existen. Al menos, no literalmente.

Crecí con esos cuentos, crecí con esa filosofía. “Algún día un príncipe me rescatará de mi prisión y me enseñará el mundo. Me tomará de la mano y bailará conmigo bajo la lluvia, daremos largos paseos por las avenidas sin la vergüenza de estar juntos y, cuando me vaya, me susurrará que me quede con él, y yo le contestaré: siempre”. Pero ya hemos visto que las cosas no son así. Tus esperanzas se van apagando, aquellos cuentos se van olvidando y tus sueños…¿qué es soñar?

Una noche, mientras escuchaba una canción de valentía, las palabras salieron de mis labios sin darme cuenta. “ ¿No será que soy yo la que tengo que rescatarme a mi misma? ¿No será que soy yo la que tengo que dejarle ver a él mi mundo? ¿No será que malinterpretamos aquellos cuentos que nos contaron de pequeños? ¿No será que los sueños pueden hacerse realidad cuando pones empeño y fe en ellos? ¿No será que lo que tenemos que hacer es dejar de empecinarnos con el ya llegará y luchar por ello? ¿No será que debo quitarme este velo que me tapa los ojos? ¿No será que estoy dormida?”

Una vez soñé que soñaba que los sueños podían hacerse realidad, cuando en realidad era mi alma que me susurraba que despertase para poder luchar por ellos.

Esa noche, lloré. Lloré por la ceguera, lloré por el engaño, por el miedo, por el pasado, lloré por no haber despertado antes. Recorrí mi lagrimas pasadashabitación, perdida, mirando cada rincón como si fuese la última vez. Me di cuenta de que había convertido mi habitación en mi propia jaula, una prisión de paredes llenas de color, con una puerta sin cerrojo, con un montón de cosas que podía haber empezado a hacer. Me había encerrado en mi propia prisión, porque quería que me rescatasen cuando era yo la que tenía que dejarme rescatar por mi alma, por mi fuerza, por mis sueños. Por mi.

Me tumbé en la cama, temblorosa, llorando desde lo más profundo de mi corazón. Escuché como mi alma gritaba, mi alma me decía que estaba ahí, que mi cuerpo no era una prisión, que esa habitación no era una prisión, que era libre y tan solo yo me había impuesto aquellas cadenas de hierro que tanto daño me hacían en las muñecas. Yo misma me estaba haciendo daño por miedo a la verdad.

Sabía que ya no había vuelta atrás, que mi alma había visto la luz, la verdad, y que ahora no quería echarse atrás, no iba a dejarse encerrar de nuevo. Las fotos de ayer, las canciones de antes, los sueños de cría, los abrazos, los besos, los deseos…todos me rondaban por la cabeza una y otra vez. Me despedía de ellos. Estaba muriendo. Estaba diciéndoles adiós. Porque había vivido una mentira, una pesadilla que yo misma había creado.

Escuché como nunca antes, atendí a mis sentidos como jamás lo había hecho. Esa canción me hablaba de mi, de cómo alguien se había deshecho de aquel pasado que provocó que se lamentara durante mucho tiempo, de que no iba a quedarse mirando una ilusión que se había creado para no vivir. Vivía una mentira sin empezar a vivir la realidad.

LuzDesperté. Abrí los ojos a un nuevo mundo. Oí como mi alma me decía “bienvenida”, como el mundo parecía aplaudirme por el valor a aceptar la verdad, como mi pasado se había convertido definitivamente en eso, el pasado. Miré mi habitación y la vi diferente. Había luz, había paz, había lo que siempre había buscado: un hogar. Ya estaba en casa, por mi, estaba en mi casa.

Abrí la puerta y salí de la habitación para reconciliarme con lo que yo creía que era mi torre, cuando era mi castillo. Me di cuenta de que era yo misma la que me negaba a vivir mi realidad, mi vida, mis deseos. Lloré de felicidad, al sentirme “bien”, “ a gusto”, “completa”. Sonreí a la noche, sonreí al mañana, sonreí a la vida.

Regresé a mi habitación, pensando en mis quejas, en mis sueños, en mis expectativas en la vida. No debía despreciar la vida, debía reconciliarme con ella, porque había muchos que no tenían mis oportunidades de disfrutarla, era yo la que me negaba a vivir. Me sentí egoísta por aquellos que pasan verdaderas calamidades, por aquellos que no tienen mis posibilidades, por aquellos que abandonaron este mundo sin querer, por aquellos que no pudieron disfrutar de la vida por más tiempo. Era injusto, era egoísta con aquellos que murieron.

Irse de este mundo con la sensación de no haber hecho nada, era lo más lamentable de todo. Yo era alguien aquí, era yo en el mundo, con un futuro incierto, una verdadera aventura. No quería morir con la sensación de haber desaprovechado mi vida. Ese “ ¿y si yo hubiera hecho esto?” ¿Por qué no lo hice antes?

BrujulaY luego, mis sueños. ¿Cuáles eran mis sueños? Era fácil y a la vez difícil. Mis sueños estaban más que meditados, más que claros, escuchaba como mi corazón me los decía y bombeaba más fuerte cuanto más pensaba en ellos. Pero, ¿eran sueños o simples me gustaría? Los sueños son aquellos por los que luchamos y, cuando los conseguimos, seguimos luchando para que sigan cumpliéndose, incluso nos buscamos otros nuevos. Porque la vida, no es más que soñar y soñar otra vez con seguir soñando para seguir viviendo.

Ahora era otra. Otra yo. Otra chica que vivía en un castillo. Que no era una princesa, era más que eso, una mujer libre. Que tenía claro lo que era la vida, una oportunidad. Que todavía tenía tiempo para dejar de lamentarse y aprovechar lo que tenía. Que podía dejar de ser egoísta con los demás. Que podía vivir al fin tranquila en su hogar, en su vida, con los demás. Iba a empezar a construir mis sueños, para toda la vida. Solo necesitaba, una oportunidad para demostrar mi fuerza, mi empeño. El porqué había venido a este mundo.

Escuché una y otra vez aquella canción, agradeciendo sus palabras, su sabiduría y esperaba que otros más despertasen. Solo necesitaban fuerza, confianza, valor y encontrar el camino a seguir.

Ahora, no soy una princesa que tenía un destino marcado. Soy la brújula que marca su propio destino. Y créeme, lograré mis sueños y jamás me arrepentiré de lo que he hecho.

Estamos aquí para vivir, ¿no? Vive, sueña, ama y sigue viviendo como si fuera el último día de tu vida. Quizás mañana, despertemos otra vez, pero seguiremos viviendo como si fuera el último día.

Caramelos de violeta con sabor agridulce

VioletasA veces las cosas que parecen más dulces pueden ser las más amargas. El chocolate, cuando más en abundancia, cuanto más cacao, puede ser un arma letal para el paladar, un sabor especial que solo unos pocos pueden tolerar. Un amargor que solo unos pocos pueden aceptar, porque, al fin y al cabo, es otro sabor, como el dulce o el salado; sabores únicos.

Para mi, el sabor más especial, es el sabor del “agridulce”. No todos pueden captar esa sensación en la lengua; siempre distinguen entre dulce, salado, amargo. ¿Qué es el agridulce? Es el sabor de la melancolía, del “me falta algo pero no se que”, del paso del tiempo que se queda estancado en el presente, del nudo en el estómago. Es un sabor lleno de misterio, de preguntas sin hacer, de dudas sin responder, el sabor de la incertidumbre y del olvido.

Recuerdo el sabor de los caramelos de violeta. Un sabor incomparable, un sabor a Francia, a flores, a campo, a viajes, a recuerdos del pasado que vienen a la memoria, a una sonrisa llena de felicidad, la alegría de la juventud, de la inocencia. Azúcar y flores, una combinación especial. Dulzura artesanal que se derrite en tu boca. Aún me estremezco al recordarlo.

Sin embargo, el paso del tiempo nos cambia, nos hace crecer, madurar. Los actos, los acontecimientos, los cambios nos afectan más de lo que pensamos.Madurar Una persona de veinte años no piensa igual que una de cuarenta. Las situaciones nos moldean, nos conforman como la persona que somos, la que se oculta entre las sombras por miedo a salir.

Hacía dos años que no probaba los caramelos de violeta, mis caramelos favoritos, los únicos que me detenía a saborear sin pensar en el paso del tiempo, que me transportaban a un jardín lleno de paz y silencio.

Hoy, ya no eran dulces. Ya no tenían ese sabor a azúcar y pétalos cristalizados, sino un sabor agridulce, lleno de melancolía, de un “je ne sais quoi”, un sabor que se había perdido en el tiempo. Fue cuando me di cuenta de cómo habían cambiado las cosas y de lo rápido que pasaban los años.

Se me hizo un nudo en el estómago al recordar mi dulce adolescencia. Las tardes frente al ordenador, las risas histéricas ante una gracia absurda que en aquel momento tenían todo el sentido del mundo, las discusiones sobre “me gusta, no me gusta alguien”, los encuentros con amigos, las primeras salidas, el primer beso, los enfrentamientos con nuestros padres, los cambios de humor sin explicación, el primer paso a descubrir el mundo. El sueño de crecer antes de tiempo para sentir libertad, cuando, en realidad, ese es el momento en el que más libres somos.

Pensé en el paso tiempo, en los cambios que traían consigo. Agridulce. Ya no pienso en crecer rápido, ahora me da miedo crecer. ¿Estaré preparada? ¿Soy fuerte? ¿Puedo enfrentarme al mundo exterior? ¿Soy lo suficientemente madura? ¿Puedo empezar a trabajar? ¿Puedo independizarme? Y yo que tenía aquella absurda idea de vivir sola con dieciocho; ahora con casi veinte, no sé que haré cuando llegue el día, incluso no se si llegará el día.

CrecerMe encuentro indecisa ante las preguntas más cruciales. Nunca viene mal un poco de seguridad. ¿Quién nos la da? Si un simple caramelo no puede mantener un sabor de forma perpetua, ¿cómo puedo estar segura en mis propios pensamientos? ¿Cómo puedo mantener una decisión para toda una vida? ¿Cómo puedo dar un paso tan grande? Agridulce.

¿Estoy lista para enfrentarme al mundo sola? ¿Por qué me siento sola cuando estoy rodeada de gente? Es absurdo. ¿Se puede echar de menos a alguien que no conoces? Agridulce. ¿Por qué te escondes? ¿Acaso debo empezar todo este camino sola? ¿Necesito compañía? Necesito un abrazo. ¿Puedo encontrar el amor? El nudo en el estómago se acentúa, siento como me aprieta, como me deja sin respiración.

No sé si será masoquismo, pero no puedo dejar de probar los caramelos de violeta, de saborearlos una y otra vez, regodeándome en las sensaciones que provoca en mi cuerpo. Creo que el agridulce es una forma de llanto, una manera de desahogo, de lágrimas conformadas en sabor. Tal vez sea el jazz, la noche, el nudo en el estómago, la pena por el paso del tiempo, por no obtener el mismo sabor.

No es tristeza lo que siento, es resignación. El agridulce es el sabor del adiós.

La fuerza de la soledad

¿Dónde quedaron las amables caricias del sol en primavera? ¿A dónde fue el olor a felicidad y paz? ¿Dónde quedó aquella sonrisa desprovista de preocupaciones? ¿Dónde estás primavera? ¿Dónde estás libertad? ¿Dónde estás infancia?

Felicidad ciegaLos cambios son los cambios. El tiempo pasa, maduramos, crecemos.

Ya nada se puede hacer por volver atrás. No existe la máquina del tiempo que arreglará todos nuestros errores. No existe el teletransportador que nos facilitaría tanto nuestra tarea. No existen tantas y tantas cosas que hacen falta y a la vez no.

¿No sería la vida demasiado aburrida con estás cosas? Si, es horrible equivocarse. Es horrible llorar por un error, esa situación de “¿porqué ha pasado esto?”, “¿por qué a mi?”, “¿por qué?” Ese porqué es la definición en sí misma de angustia, de no encontrar una respuesta, de que nadie responda a tu llamada de auxilio.

Sin embargo, si todo fuera felicidad, si todo fuera bienestar. ¿No sería extraño? Sería tan raro. No sabríamos apreciar los pequeños momentos, los pequeños detalles. Seríamos egoístas, egocéntricos e intolerantes. Seríamos ciegos de corazón.

¿Qué haríamos si no sintiésemos? Seríamos simples robots. La felicidad no nos llevaría a preguntarnos nuestro papel en el mundo. No haríamos nada. Autómatas.

Si algo hemos aprendido de “El Mago de Oz” es que hace falta mucho valor para pensar en sentir. Así siempre volveremos a nosotros mismos, a nuestro hogar. No hace falta un par de zapatos rojos, sino un par de lágrimas o una sonrisa.

En eso se basa la vida: ser consciente de que tenemos una oportunidad. Sean cuales sean las circunstancias.

***

Tengo la impresión, de que las personas estamos equivocadas sobre el concepto de soledad. ¿Qué es la soledad? Muchos la definen como un sentimiento triste en el que no tenemos a nadie que nos acoja; angustia y desesperación que se unen y te provocan un estado de absoluto despojo.

Pero eso no es soledad. Eso es abandono. El abandono es encontrarte en mitad de un desierto y escuchar el eco en la arena. Predicar en el desierto sin obtener una respuesta. No hay agua que apacigüe tu garganta. No hay un abrazo que te consuele. Eso no es soledad.

“La soledad es la compañía del silencio”

La soledad no es vacío ni abandono, es la compañía del silencio, la conversación con nosotros mismos.

***

¿Te has atrevido alguna vez a escucharte? Yo nunca lo había hecho. Nunca me había visto sola. Siempre pensé que la soledad era¿Hola? abandono, hasta que un buen día, algo retumbó dentro de mí. Como si alguien enjaulado en mi corazón suspirase.

Me quedé en silencio. Y volví a escucharlo. ¿Quién era? Cerré los ojos y escuché atentamente. Sí, estaba respirando. Tímidamente, pero respiraba. Parecía que lo hiciese sin muchas ganas, como si no fuese a obtener respuesta.

-¿Hola?- me susurré.

Obtuve silencio. Un silencio absoluto. Esa tímida respiración también se cortó. Pero de nuevo estuvo ahí. No, no era un error. Había alguien ahí.

-¿Hola?

Tampoco hubo respuesta. Solo hubo silencio. Comencé a pensar que estaba volviéndome loca, que estaba completamente “sola”, es decir, abandonada.

Pero, escuché un balbuceo. Las primeras palabras de un niño. Un tímido murmullo.

-Ho…la. Ho…la

Abrí los ojos de par en par. ¿Quién era esa voz? ¿Una niña?

-¿Hola?

- Hola

Cerré los ojos y me atreví a hablar por primera vez conmigo misma. Porque la soledad no es abandono, es tener la valentía suficiente para poder escucharte. Obviamos que nuestro “yo”, nuestra “esencia”, está marcada por nuestras acciones. Nuestro yo, un pequeño ser, se encuentra encerrado en una jaula con las puertas abiertas de par en par, pero que, por timidez y miedo, no sale al exterior. Por primera vez, me sentí como una niña que comienza a andar y dar sus primeros pasos. Era ciega de corazón, era un robot que no podía sentir. Era Dorothy volviendo a su hogar. Y abracé la vida.

Encontré la fuerza necesaria para hablar conmigo por primera vez, para ser sincera conmigo. Para responder por mi.

***

Baldosas amarillasHace unos días paseé cerca del río. Un auricular que dejaba oír una dulce canción de esperanza, el calor suave y tranquilizador del atardecer, el tímido viento que rozaba mi piel con una caricia. El olor a azahar, el sabor del helado que estaba tomando. Y sonreí. Simplemente, sonreí. Por primera vez, supe apreciar la felicidad de la soledad.

Reí como una tonta porque supe apreciar el calor del momento. Estaba bien.

Aún balbuceo. Aún temo equivocarme. Aún temo dar un paso. La vida es un camino de baldosas amarillas. Solo tenemos que decidir como caminar por ellas. Pero siempre con una sonrisa. Nunca te olvides de sonreír.

Porque a pesar de todo, detrás de las nubes, el cielo siempre es azul.

Mi primera búsqueda: ¿Quién soy?

Desde que somos niños y empezamos a tener conciencia sobre lo que ocurre a nuestro alrededor, comprendemos que existen mil cosas que todavía no sabemos, que nos movemos en un mundo extraño por el que no sabemos andar.

¿Dónde?Comenzamos a preguntar una y otra vez, esperando poder recopilar toda la información necesaria para deambular solos y poder comunicarnos con otros seres que llevan en ese mundo más tiempo:

¿Qué es eso? Un globo.

¿Y eso? Una mesa.

¿Y eso otro? El sol.

Preguntamos tanto, tenemos tantas ansias por saber, que los adultos se exasperan, porque ya han perdido la esperanza en saber. En saber cosas que no son evidentes, sino que son profundas y están ocultas a la vista de los hombres. Tal vez por eso, cuando éramos niños, éramos más sabios. Pero no lo sabíamos.

Muchos adultos creen que su vida se basa en trabajo, pareja, familia, dinero y, en el poco tiempo que te queda para descansar, amigos y un poco de ocio que trata de hacerte olvidar que pronto volverás a la rutina.

Otros, un pequeño grupo oculto entre las sombras, sienten que hay algo más, que la vida tiene que traer algo más consigo, que estamos aquí por una razón no tan evidente; y cuando le preguntan a ese primer grupo, estos les contestan: ¿Y qué mas quieres? Doy gracias por lo que tengo, así soy feliz.

Es cierto, estas personas tienen suerte, porque existen vidas realmente duras y con las que no podemos compararnos. Pero muchas de estas personas no saben porque son felices. No saben identificar cual es la suerte de su vida y solo se preocupan por continuarla de una manera monótona.

* * *

Hace poco, recordé mi infancia. Recordé lo que supone ver el mundo con los ojos de un niño y como habían cambiado las cosas con el paso del tiempo. Y me di cuenta, de que siempre me habían fascinado tres cosas: los sueños, la luna y el mar.Alcanzaré

¿Cómo esos tres conceptos se habían convertido en una ley inquebrantable? Tenían que ser algo más, tenían que significar algo más para mi, tenían que estar diciéndome algo de manera simbólica. Esa noche, brilló la luna con mayor intensidad. Soñé con la luna, con poder alcanzarla, con poder descubrir su otra cara, su lado oculto, su otro yo. Y me vi reflejada en ella.

¿Quién soy? ¿Qué esconde una apariencia? ¿Por qué mi mirada es difusa y no se aclara ante la luz del sol? ¿Por qué me oculto entre las sombras y no revelo mi identidad? ¿Tal vez es el miedo a mostrarme como soy? ¿A qué espero?

Ese día decidí emprender un viaje. Un viaje espiritual que me ayudaría a descubrir mi identidad, mi verdadero yo. Eso suponía, atravesar el espejo de las apariencias, de la fachada y buscar en mi corazón el sentido a todos aquellos símbolos que aparecían en mis sueños.

Por mucho que le haya suplicado a la vida, no existe la sencillez en los hechos que trae consigo. Por eso sé, que cuando descubra quien soy, podré comprender mejor que es la vida. Y solo tengo conmigo un utensilio que me ayudará en mi viaje: una brújula que marca su propio destino, el mío. ¿A dónde apunta mi corazón?

“Y cuando te me acercas

se acelera mi motor

me da fiebre

me hago fuego

Y me vuelvo a consumir”