El fuego ahuyenta a las fieras

el peso del alma

Busco traiciones en las esquinas que se esconden entre los destellos del alba. Hay silencios que gritan, pero el viento es más fuerte. Los secretos más oscuros se esconden entre la brisa, se refugian entre las hojas secas que trae el frío. Cobardes. Cobardes. Cobardes.

La rutina es un señuelo marcado por el cambio. Sonrío. Veo al hombre que esconde un puñal de viento tras la espalda. Sangre invisible que se derrama y mancha el suelo del mundo. Pisotean cada nuevo rayo de esperanza. Y a pesar de esto, seguimos teniendo fe en la humanidad.

El hombre es el ser del universo que cree en cosas que no ve. ¿Cuál será el motivo? La llegada del amanecer parece una expresión de fe en el mundo. Curiosamente, cuando se distinguen a las ánimas vagar por las calles, llorando por la pena, por la traición cometida. Buscando el perdón mientras las águilas picotean sus entrañas.

El fuego ahuyenta a las fieras, pero atrae al mezquino. Atrae al malvado que te atrapa con palabras. Llama al hombre de corazón difuso que sonríe con su máscara y oculta su verdadero rostro. Hombre que guarda el puñal de viento entre adulaciones, asestando finalmente el golpe más mortal. La inesperada traición.

No existe salvación en la noche, solo arrepentimiento y engaño, una dualidad irónica. Refugio de lágrimas, de ladrones de almas y reflexiones profundas. Oscuridad iluminada con estrellas que tintinean en el cielo, alumbrándonos el camino. Luces de esperanza.

El perdón llega en el crepúsculo, tras la meditación reflexiva, cuando podemos ver entre las últimas luces lo que trae la oscuridad. Cuando las animas se llevan a los seres que, como ellos, son atormentados por los actos cometidos.

Y aunque descubrimos el daño. Aunque notamos la sangre que resbala por nuestra espalda, convirtiéndose en el agua que riega el mundo del bien y el mal. Aun así perdonamos. El fuego ahuyenta a las fieras, pero también trae esperanza. Divina dualidad.

Huecos

toñoO

Siempre habrá huecos en los corazones de las personas, Anne lo sabía. Llevaba meses pensando en qué haría falta para que una persona se sintiera completa. Pero nunca daba con una respuesta. Había pensado en mil resultados que pudieran resultarle una opción hacia la felicidad plena. Pero no. Cuantos más supuestos creaba, más negativas recibía. En todas las categorías, importantes o rutinarias.

El rico quería lo que no tenía, el pobre ansiaba lo que tenía el rico.

El que amaba, quería un amor perfecto. El que no amaba, quería encontrar a alguien.

El que soñaba, quería cumplir sus sueños. El que cumplía sus sueños, quería otros nuevos.

Así una y otra vez. Y no encontraba solución. Era un círculo vicioso con huecos sin nada con los que rellenar. Anne no sabía que necesitaba una persona para verse completamente en paz. Conformarse con poco parecía que le cortaba las alas a un mundo de posibilidades. Abarcar demasiado, la alejaba de los verdaderos objetivos.

Rebuscaba en libros, hablaba con filósofos. Anne no conseguía respuesta. Ninguna conseguía satisfacer sus inquietudes. Cada día el hombre se levanta con sueños y esperanzas. Cada noche espera irse con otros nuevos. Los pilares básicos de nuestra conciencia intentan acercarnos a lo que sería felicidad. Pero muchos dejamos el camino a construir a medias. A veces ni hemos puesto un solo peldaño. Y seguimos soñando. Y nos ofuscamos. Y aquel que consigue acercarse a lo que quiere, parece adentrarse en un mundo de sombras. Da miedo tomar malas decisiones. Da miedo ser débil. Aquel que no lucha por su sueño cada día, no lo desea con demasiada fuerza. Aquel que se relaja cuando lo obtiene, es un cobarde. Tener la oportunidad de soñar y no hacerlo, resulta casi ofensivo.

¿Qué necesita una persona para ser feliz?

Anne sigue buscando una respuesta. Yo también.

El poder de las palabras

acontralú

Ya apenas podía moverse para coger su libro favorito, su cuerpo le dolía demasiado. Con cada pequeño paso que daba notaba como aquella terrible enfermedad recorría sus venas buscando la forma de minarla por completo. Si es que no lo había hecho ya. Los médicos le habían dicho que ya no había nada que hacer. Aunque eso se lo dijeron hace veinte años. Veinte. Se dice pronto.

Hace veinte años la enfermedad llegó a su vida y la trastocó por completo. El mundo se paró. Ya no importaba nada de lo que sucedía fuera, ni lo cotidiano ni lo trascendental. Importaba ese momento. Importaba que su reloj de arena vital había decidido abrir sus compuertas, dejando escapar granos y granos, quedando solo unos pocos. Una miseria. Una injusticia. En aquel momento, pasaron por su cabeza mil pensamientos. Pensó en su hija, su familia, sus amigos, la había que había llevado, la que no iba a disfrutar. Se tocó las venas y pensó en arrancárselas para que no la llenaran por completo de aquel veneno. Pero sabía que si un médico no podía hacer nada más que recetarle sesiones de quimioterapia y operaciones, ella no podría hacer nada con sus ridículas manos. “Carla, lo sentimos mucho. Ahora queda un largo camino de lucha”.

Aquella noche fue el final de su vida hasta ahora. Lo recordaba perfectamente. Hacía veinte años se sentó en la cama a llorar preguntándose por qué le sucedía esto a ella. Le preguntó a Dios y al universo si este era un castigo por algo que había hecho. No recibió respuesta. Llenó de lágrimas la almohada y llegó a despertar a su hija, que dormía en la habitación de al lado. Aún no sabía nada. La pequeña se acurrucó a su lado y le dijo que no se preocupara, que estaba con ella. Carla pensó en su hija y en qué iba a ser de ella. Tenía que pensar en demasiadas cosas y no sabía cuanto tiempo tenía.

Ahora que su cuerpo apenas podía moverse, recordaba lo fáciles que fueron aquellas primeras sesiones de quimioterapia comparadas con el resto de su enfermedad. Las operaciones que le quitaron trozos de su cuerpo por intentar alagar su vida unos cuantos años más. Agradeció a la medicina todo el trabajo que había hecho con ella y, así, poder ver a su hija crecer. Sin embargo, ella sabía perfectamente que había un gran factor que no tenía nada que ver con medicamentos y que habían logrado que Carla estuviera hoy donde estaba.

Carla recordaba perfectamente el día que conoció a Victoria. Era una de aquellas sesiones de apoyo contra el cáncer y de las que tanto desconfiaba. Nada más entrar en esa habitación alegre con aquella mirada suspicaz, Victoria la captó.

– ¿Nueva, no?- preguntó sonriendo alegremente.

– Eh…si- sonrió Carla tímidamente.

-¿Te apetece un zumo? Tenemos de pomelo, naranja, mango…¡Y tartaletas! Hay una chef entre nosotras y nos trae verdaderos manjares. El de huevos de codorniz está especialmente bueno. Por cierto, ¿qué te parece la decoración de las paredes? ¡Porque a mi me parece espantosa! Le dije a María que una cosa era alegrar el lugar y otra que pareciéramos niños de primaria. Mira que pintar maripositas….

Así estuvo hablándole sin parar durante horas. Durante horas se olvidó del cáncer. Se olvidó de absolutamente todo. Era imposible no reírse con Victoria y su incesante cháchara. La amistad fluyó por sus venas aún más rápido que la enfermedad y le dio una nueva compañera de batallas. A las semanas de conocerse, Carla no faltaba a ninguna sesión. Y Victoria tampoco. Y fue semanas después cuando le dio el mayor regalo del mundo.

-Oye, Carla. Yo sé que nos burlamos de las tonterías de los misticismos, pero tengo que contarte algo. Tengo un libro. Un libro…mágico. No es que tenga poderes, es que sus páginas han logrado que yo vea la vida de manera distinta, que me enfrente a esto con una actitud distinta. En estas charlas nos tenemos todas las unas a las otras y compartimos la enfermedad…pero cuando llego a casa y me enfrento de nuevo a la realidad…noto como las fuerzas se caen. Eso pasaba hasta que encontré este libro. Y me dio las verdaderas ganas de luchar. Quédatelo. Ahora te toca ser fuerte a ti.

Carla retomó esa suspicacia del principio. Aunque confiaba plenamente en Victoria, aquella idea del libro le parecía una soberana estupidez. Pasaron días hasta que comenzó a leer sus páginas. “Bienvenida. Esto es un compromiso que haces contigo misma….”. Buah, otro maldito libro de autoayuda. O eso pensaba. “Esto no es para que aprendas a entenderte a ti misma, sino para que aprendas a que hay motivos para levantarse cada mañana aún cuando el mundo solo sabe ponernos trabas”. Página tras página, el libro le recomendaba que, cada día, apreciara las pequeñas cosas del día a día, se valorara frente al espejo y valorara al mundo, buscara nuevos horizontes…Y poco a poco fue conociendo a gente y no se sintió sola ni un solo minuto de su enfermedad. Cuando despertaba de la anestesia siempre había una cara conocida que le sonreía y le decía “menudo sueñecito te has echado, amiga”. Incluso había encontrado el amor y lo había valorado como el mayor tesoro. Había visto graduarse a su hija y la había visto soñar con un futuro maravilloso. Y Carla se lo deseó.

Ahora que la enfermedad le dolía tanto, aún recogía aquel libro, firmado por todos sus amigos y familiares con dedicatorias preciosas. Las páginas estaban dobladas de tanto pasarse, pero seguía conteniendo las palabras que le habían dado fuerza durante aquellos veinte años. Había aprovechado cada instante como si fuera el último y lo había saboreado con muchas ganas. Era consciente de que la enfermedad ya no era tan benevolente con su actitud positiva, pero ella era valiente hasta el final y sabía que tenía que enfrentarse a lo que fuera, aunque fuera su muerte. Siempre orgullosa de todo lo que ha hecho. Y feliz.

Abrió el libro por donde señalizaba el marcapáginas que dejó su última lectura: “Ante todo, eres fuerte y valiente. Eres una luchadora. Ahora que has llegado aquí, ¿te vas a rendir?”.

-No…no lo haré- susurró con una sonrisa Carla.

Ella era una verdadera luchadora.

Dedicado a todas aquellas personas que luchan cada día contra el cáncer.

Sois admirables y un orgullo para todos nosotros.

Nunca dejéis de luchar.

Hay puñales que dejan heridas demasiado profundas

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Ay, ay, ay…duele. Duele tanto. Duele tanto y no podemos hacer nada para remediarlo. No hay médicos que nos curen las heridas invisibles del corazón. No puedo. No puedo dejar de llorar. No puedo superar la situación y hacer como si pasara nada. No puedo levantarme mañana y pensar que la vida sigue su curso normal, como cualquier lunes. Hay palabras que duelen más que un tiro en el cerebro. Hay puñales verbales que te atraviesan el alma y crean una herida que tarda demasiado en cicatrizar. Se perdona. Pero no se olvida. Y hace falta demasiado tiempo para que la cicatriz se vuelva blanca y tersa.

Por mucho daño que te haga una persona, si ha sido importante y no ha hecho un pecado imperdonable (matar a alguien, serle infiel, robarle o traicionarle en los peores sentidos), jamás deberíamos desearle el mal al otro. Podemos distanciarnos, dejar de tener contacto. ¿Pero desearle el mal? Aún así…encontramos personas que te desean el mal cada día sin una justificación lo suficientemente importante. Puede que la mayor excusa fue una discusión de hace años o un “no se qué”, olvidado por el paso del tiempo pero que no perdonamos por miedo a madurar.

¿Dónde habrá quedado ese sentimiento? Ese “gracias por haberme acompañado durante este trayecto de mi vida, pero a partir de aquí sigo solo”. No. La gente no se toma bien los cambios. La gente desea que todo salga según sus planes, sin contar que hay más personas en el mundo con emociones distintas a las tuyas. Es fácil autoculparse de los errores. Es más fácil aún culpar a otros. Y propagar que la culpa es de otro. Cuando las cosas, sean relaciones u amistades, son de dos.

Si las personas fueran sabias y aceptaran los consejos que el universo y sus personas dan…pero eso sería hacer lo correcto y los humanos estamos plagados de errores. No. Seguimos creyendo que la verdad es nuestra verdad. Y es muy posible que esa verdad esté turbia por todos los hechos y sentimientos que se implican. La verdad es aquella que cuando cierras los ojos, antes de entrar en el mundo de los sueños, divaga por tu mente y te tortura. Esa persona, esa cosa, ese algo. Y entonces duermes. Y te olvidas. O puede que el subconsciente te aporree la cabeza.

La verdad es que desearle el mal a alguien solo te deja ver que tu corazón se va oscureciendo un poco más, a veces sin un motivo lo suficientemente grande. A veces sin motivo. A veces por egoísmo. A veces por miedo. Lo peor de desearle el mal a alguien es que esas heridas nunca se cierran, nunca se curan, prevalecen. Y aunque fuera un error, seguirán ahí. Se perdona. Pero no se olvida. Y de estos errores, se aprende. Al menos, uno de los dos.

Susurros

Nadie cree en la esperanza cuando se encuentra en el fondo. Aún así, es en medio de la oscuridad cuando es más fácil ver la luz. Dualidades. Todos nos hemos sentido perdidos alguna vez. Nos hemos sentado en mitad de la noche y nos hemos preguntado quienes somos. Y son en esos momentos cuando más nos hemos encontrado a nosotros mismos. Sintiendo.

Todos hemos esperado alguna vez una respuesta divina a todas nuestras preguntas. Pero nunca llegan. Ni por mucho que le lloremos y supliquemos a las estrellas. No las escucharemos. Pero el mundo puede que nos esté dando una respuesta que no somos capaces de ver. Queremos una señal luminosa que nos indique la salida del entuerto. No es así. Las cosas no se regalan. Las cosas se ganan. O se pierden.

A veces nos preguntamos si lo que tenemos merece la pena o podemos alcanzar más allá de la felicidad obtenida. Puede que ese sea el primer signo de avaricia. Y el primer signo de perdición. Muchos no valoran lo que se tienen. Queremos la felicidad absoluta. Un sin sentido. Siempre queremos algo más. Si no, ¿por qué aquellos que más tienen son los que más codician? Rellenan vacíos que se multiplican en más vacíos. Agujerean su alma. Ganan y pierden a gran velocidad. Y mueren incompletos.

Muchos no ven su propia luz. Ven tanto mal y tristeza a su alrededor que son incapaces de ver su propia esencia. Y es que la luz que tenemos permanece invisible para uno mismo. Necesitamos de alguien que nos diga que la poseemos para seguir adelante. Subirnos el autoestima. Sentirnos importantes para alguien. Una prueba de fe.

Tenemos miedo del miedo. Porque el miedo es lo que más miedo da. Perder. No ser. Morir. Dejar de ser importantes para alguien. No ser nadie. Que nos olviden. Queremos ser imprescindibles para alguien, la razón de su existencia, el motivo de una sonrisa. Y a veces eso es lo que nos permite dormir por las noches. O lo que nos desvela en mitad de la oscuridad.

Los susurros de la mente son los más peligrosos. Susurros de inseguridad o de exceso de confianza. Dualidades.

“Jamás lo perderé. Estará ahí siempre”  Y al no cuidarlo, lo perdió.

“No soy importante. Nadie me aprecia” Y al desconfiar, lo perdió.

Los susurros de la mente son peligrosos. Son traicioneros. Son dignos de ser estudiados con serenidad. Porque a veces nos revelan secretos, a veces nos cuentan fantasmas y a veces nuestros más profundos miedos. Bueno o malo, inseguridades del alma que quieren salir a la superficie.

Siempre hay luz, aunque oculta. Hay que aprender a ver las señales. Y buscar siempre el camino hacia la felicidad.

Al otro lado del cielo

No duermo, no pienso. No soy.

He perdido todo lo que era. Me he perdido en un mar de sensaciones y ya no recuerdo quien fui. Mi nombre ya no importa, ni jamás importó. Ahora solo pienso en mi pequeña adicción. Ver el atardecer y ver como se funde en el mar.

Busco las pequeñas cosas que dejaste atrás antes de irte. No quedan nada. Solo el recuerdo. Tus manías son ahora mis manías. Tus sueños, los míos. Tu dolor…a veces el mío, a veces mi consuelo. A veces te odio. A veces aún…pero no. No pienso, no duermo, no soy.

Intento no sentir. El vacío. El vacío. Solo quiero un blanco total en mi mente. Quiero el fin de los tiempos y más allá. Quiero dejar de soñar. Los sueños son esperanzas marchitas y mentiras que no consuelan. Solo hieren. Solo dañan.

A veces llegan noticias. Dicen que estás bien. Sonrío. Vuelvo al mar. Y me fundo con la arena. Y busco el calor perdido. Ay…pero no siento el abrazo. Y vuelves a escaparte de mi, como el sol en el mar. Y otro día pasa. Noches sin estrellas. Y la luna es ese faro que aun te busca en la oscuridad.

Siento que perdí el tiempo recopilando deseos que pedir a las estrellas. Olvidé disfrutar más de tu compañía. Y ahora solo me quedan la arena y las olas. Ay…pero no soy más. Ya no.

Y te veo. Te veo en el mar. Te veo en el sol. Pero ya no siento. Prefiero no sentir. Porque ya no puedo tener nada, ni a nadie. Mi nombre ya no importa y jamás importó. No para este mundo de arena y sal. No para este mundo en el que solo soy una más. Porque antes de irme solo pedí un último abrazo y no me dejaron respirar.

Fue allí donde sentí que era alguien. Ay…pero no soy más. Porque desde donde estoy ahora, ya no soy ni seré. Y ahora te espero sentada en una playa sin final. Y ahora te espero sentada esperando que finalice este otoño. Y sé que no tengo motivos para odiarte. Pero te odio. Odio esta separación sin retorno.

Mi vida se escapó de nuestras manos. Los sueños se derritieron bajo este sol que nos abrasa. Este sol que separa el limbo y la tierra. Ay…pero no soy más. No soy más hasta que tu llegues. A veces te odio por no venir más rápido. A veces te odio por irte de mi lado y no dejarme aunque fuera tu reloj.

Quisiera poder contar el tiempo que nos queda sin vernos. Y yo…sentada en esta playa…solo espero tu muerte. No duermo, no pienso, no soy. Solo soy la sombra de lo que fui. Solo recuerdo que a veces te quiero.

La clave del éxito

Cada día vemos como grandes personas han realizado grandes logros y nos preguntamos si seríamos capaces de ser como ellos. ¿Qué nos diferencia? Somo como ellos, de carne y hueso, cada día se nos pasan ideas por la cabeza y tenemos las mismas necesidades que ellos. ¿Por qué son ellos los que tienen éxito? ¿Cuál es su secreto? Mientras la envidia y la curiosidad nos corroe, seguimos realizando las mismas actividades rutinarias y esperamos el milagro que nos ilumine con una respuesta.

Existen personas que han realizado grandes cosas y han hecho grandes descubrimientos. ¿Cuál es la clave de su éxito? Aunque parezca iluso pensarlo o incluso pueda ser una estupidez, la respuesta es muy simple: soñar. Una persona que sueña con ser alguien y luego es capaz de llevarlo a cabo, tendrá éxito. Y esa persona será feliz. Aristóteles decía que el bien último de todo ser humano era la felicidad. Un hombre que vivía en el siglo cuarto antes de cristo ya sabía que todos quieren una única cosa: ser feliz.

¿De verdad somos tan ilusos como para dejar escapar la felicidad de entre nuestros dedos? Sin embargo, no todos llegan a construir ese sueño ni logran mantenerlo vivo. Perseverancia y trabajo. Nadie dijo que alcanzar la felicidad fuera fácil. Nadie dijo que cumplir tus sueños fuera fácil.

Una vez, llegué a decir: No se puede tener todo en esta vida.
Ahora añado: Pero se puede luchar para intentarlo.

¿Cuál es la clave del éxito? Cada persona tiene su propia clave, cada persona tiene su propio obstáculo que sortear. Mi mayor obstáculo es la constancia. ¿Cuál es mi clave para el éxito? Seguir soñando con alcanzar la felicidad.

Perseveremos.